viernes, 29 agosto, 2025
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En el laberinto de la Patria: justa semblanza de Alberdi, en el día del abogado

Por Juan Facundo Besson*

Juan Bautista Alberdi es uno de esos personajes que la historia argentina nunca termina de domesticar. Demasiado lúcido para ser relegado al rincón polvoriento de los manuales, pero también demasiado incómodo para ser elevado a prócer de bronce sin fisuras, su figura vuelve siempre como una interpelación. En el Día del Abogado, que se celebra en honor de su natalicio, y que reconoce la labor de quienes sostienen el andamiaje jurídico del país —para bien o para mal—, su legado cobra especial resonancia: Alberdi no sólo escribió Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina en 1852, ofreciendo el andamiaje intelectual a la Constitución de 1853, sino que también se encargó de cuestionar y desautorizar buena parte de su aplicación práctica. ¿Cómo encajar en el panteón liberal a un hombre que desconfiaba de la oligarquía vernácula, que invocaba a Europa como modelo civilizatorio pero advertía sobre la necesidad de una integración latinoamericana, y que, para mayor complejidad, terminó enfrentado con casi todos los “padres fundadores” del país, desde Mitre hasta Sarmiento? Quizás, como señala el críptico Halperín Donghi (1980), la clave esté en reconocerlo como “el más problemático de nuestros clásicos, aquel cuya voz se resiste a ser reducida a catecismo escolar”, un recordatorio oportuno en esta fecha para repensar el ejercicio crítico del derecho en Argentina.

Nacido en Tucumán en 1810, hijo de una familia respetable pero sin gran fortuna, Alberdi vivió su juventud en el clima convulsionado de la disgregación post-revolucionaria. En Buenos Aires, como estudiante del Colegio de Ciencias Morales, fue discípulo de Diego Alcorta y formó parte de la célebre Generación del 37, junto a Esteban Echeverría, Juan María Gutiérrez y Vicente Fidel López. Todos compartían la misma obsesión: escapar del paradigma intelectual y político del Rosismo. En ese contexto, Alberdi publicó en 1837 Fragmento preliminar al estudio del derecho, texto en el que ya se advierte su impronta iluminista: “El derecho no es un producto de la historia, sino un instrumento para civilizarla” (Alberdi, 1837/1974, p. 42). Para Arturo Enrique Sampay, esta afirmación revelaba el pecado original de su pensamiento: “Alberdi parte de un racionalismo abstracto, que ignora la historicidad concreta de los pueblos” (Sampay, 1944, p. 65). Allí se insinúa la tensión entre un liberalismo normativo, deseoso de imponer orden desde arriba, y las realidades plebeyas y federales de la Argentina profunda.

El exilio fue el destino natural de los antirrosistas, y Alberdi se instaló en Montevideo primero, en Chile después. Fue en Valparaíso donde escribió Bases (1852), en el fragor de la derrota de Rosas en Caseros. El texto buscaba orientar a Urquiza en la organización institucional del país, y no ahorraba recomendaciones: un poder ejecutivo fuerte, un sistema representativo que evitara la “anarquía de mayorías ineducadas” y, sobre todo, la apertura del país a la inmigración europea, -anglosajona-, como motor de progreso. “Gobernar es poblar” (Alberdi, 1852/1957, p. 112), escribió con contundencia, frase que pasaría a ser su marca registrada, luego convertida en zoncera por Jauretche. En la práctica, eso significaba concebir a la inmigración no solo como recurso económico, sino como verdadera estrategia de ingeniería social: traer europeos para blanquear y disciplinar el desorden criollo. No es extraño que José Carlos Mariátegui (1928/2005) lo acusara de “confundir civilización con europeización” (p. 174).

La Constitución de 1853 recogió muchas de sus sugerencias, desde el federalismo atenuado hasta la consagración de derechos civiles y la invitación a inmigrar. Sin embargo, Alberdi pronto advirtió que su criatura se estaba aplicando de un modo que no compartía. En sus Cartas quillotanas (1853), dirigidas a Sarmiento, lanzó dardos envenenados contra quienes querían usar la Constitución como coartada para el unitarismo porteño: “No hemos arrojado al dictador para entronizar la dictadura de un partido” (Alberdi, 1853/1966, p. 87). Sarmiento le respondió con furia en Las ciento y una, acusándolo de tibio y de ser, en el fondo, un aliado encubierto del rosismo. Ese cruce epistolar, más allá de las diatribas personales, condensó dos proyectos de país: el de Alberdi, que creía en una construcción institucional gradual, apoyada en el equilibrio federal y en la inmigración, y el de Sarmiento, que apostaba a una modernización acelerada, aún a costa de la violencia política.

La polémica con Sarmiento fue apenas una de las muchas que sostuvo. También se enfrentó con Bartolomé Mitre, a quien acusó de traicionar el espíritu constitucional al centralizar el poder en Buenos Aires. Su oposición más célebre, sin embargo, fue contra la Guerra de la Triple Alianza, o mejor dicho Cuádruple Infamia, si sumamos la mano británica, como señala Juan Godoy. Mientras buena parte de la dirigencia argentina aplaudía la campaña contra el Paraguay, Alberdi escribió textos demoledores denunciando el conflicto como una “guerra infame contra un pueblo hermano” (Alberdi, 1870/1954, p. 211). En una carta de 1870 sostuvo: “Si el Paraguay hubiese estado en condiciones de agredirnos, no habría necesitado esperar a que lo invadieran tres naciones juntas” (Alberdi, 1870/1954, p. 214). Para Mitre, semejante posición era una traición; para la posteridad, fue una de las más lúcidas denuncias del intervencionismo imperial británico en el Río de la Plata, que utilizó a Argentina, Brasil y Uruguay como peones.

En los últimos años de su vida, exiliado en Europa, Alberdi se volvió un espectro incómodo. Desde París y luego desde Neuilly, siguió escribiendo con tono amargo, consciente de que su voz ya no ordenaba el curso de los acontecimientos. En Grandes y pequeños hombres del Plata (1879), retrató con ironía a sus contemporáneos y dejó testimonios ácidos sobre la política criolla. Sobre Sarmiento, por ejemplo, anotó: “Ha querido ser un Rousseau de las pampas, y apenas le ha alcanzado para ser un Voltaire de café” (Alberdi, 1879/1968, p. 97). Pero también allí aparece su ambivalencia: defendía la Constitución, pero admitía que “ninguna carta puede suplir a la educación política de los pueblos” (Alberdi, 1879/1968, p. 112). Esa tensión entre el poder de las instituciones y la inercia de la realidad histórica lo acompañó hasta la tumba.

El juicio posterior sobre Alberdi ha sido igualmente contradictorio. Arturo Sampay, padre de la Constitución de 1949, lo fustigó como un liberal extranjerizante: “La Constitución del ’53 fue la traducción servil de un recetario francés, sin arraigo en la experiencia argentina” (Sampay, 1944, p. 82). Halperín Donghi (1980), en cambio, lo rescató como un realista político que supo leer la precariedad de la Argentina decimonónica y buscó fórmulas viables para salir del pantano. Más recientemente, investigaciones han mostrado cómo su pensamiento sobre la inmigración y el poblamiento debe ser entendido no como simple xenofilia europeísta, sino como parte de un proyecto estratégico de Estado. Es decir: un Alberdi menos dogmático, más pragmático.

En el presente, su figura ha sido secuestrada por discursos políticos de ocasión. Javier Milei, por ejemplo, lo presenta como una suerte de precursor del anarcocapitalismo, citando su obsesión por limitar el poder estatal. Pero basta leerlo con cuidado para notar el anacronismo. En Bases, Alberdi defendía un Estado fuerte en materia de infraestructura, inmigración y educación, siempre que garantizara las condiciones para el desarrollo del mercado. No era un incendiario del Estado, sino un reformista liberal que concebía al gobierno como “empresa civilizadora” (Alberdi, 1852/1957, p. 134). Atribuirle la fantasía de un capitalismo sin Estado es, cuanto menos, un disparate. Como ironizó Tulio Halperín Donghi, “Alberdi es más útil como mito que como lectura” (1980, p. 213).

El tucumano murió en 1884 en Neuilly-sur-Seine, lejos de la tierra que intentó organizar con sus escritos. Sus restos fueron repatriados en 1889, en medio de una operación política que buscaba reconciliar su memoria con la de sus adversarios. La posteridad lo consagró como “padre de la Constitución”, pero esa etiqueta, aunque justa en parte, termina por reducir la riqueza de un pensamiento mucho más complejo y contradictorio. Alberdi no fue un liberal puro ni un estatista, no fue un europeísta ciego ni un patriota cerrado, no fue un aliado del rosismo ni un unitario militante. Fue todo eso en tensión, en mutación, en contradicción. Y ahí reside su actualidad: en recordarnos que la Argentina no se construyó a fuerza de dogmas, sino de dilemas irresueltos.

Hoy, en tiempos de simplificaciones brutales, volver a Alberdi implica rescatarlo de los eslóganes. No se trata de repetir “gobernar es poblar” como si fuera una contraseña, ni de usar su nombre para justificar políticas que él jamás hubiera defendido. Se trata, más bien, de leerlo en su incomodidad, en su ambivalencia. Porque quizás el mayor legado de Alberdi no sea la letra constitucional que ayudó a redactar, sino la advertencia de que ningún texto, por perfecto que parezca, puede evitar que la política sea un campo de conflicto, de tensiones irresueltas, de equilibrios precarios. “Las constituciones no hacen milagros: apenas señalan caminos” (Alberdi, 1879/1968, p. 121). Esa frase, perdida en la maraña de sus escritos, vale como epitafio.

*Abogado. Profesor en la Facultad de Derecho de la UNR.

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