martes, 25 junio, 2024
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Esa manía de descansar

El viaje siempre me entusiasma. Puede ser a un país lejano o un día de campo aquí nomás. Pero jamás lo asocio al descanso. El dolce far niente me aburre soberanamente y suelo pensar que si alguien me regalara -no va a pasar- un departamento en el Caribe con una nutrida renta mensual, lo consideraría un presente envenenado.

El primer día me solazaría con el turquesa del mar, el segundo me bañaría en sus aguas, el tercero ya me faltaría oxígeno. Para mí las vacaciones son una ventana a lo desconocido, parezco Petete, quiero saber más. Si voy a las sierras de Córdoba no puedo evitar conocer la casa de infancia del Che en Alta Gracia. Si voy a Cancún, el museo maya es extraordinario aunque muchos turistas ni se enteren. Y si me invitan a comer un asado a una quinta, empiezo a averiguar la historia y el presente del barrio. Eso no significa evitar el paisaje o la naturaleza. Pero soy incapaz de hacerlo por más de tres o cuatro horas. Ahí se posiciona mi límite.

Reconozco que las ciudades me atraen por partida doble. Cada una tiene un alma que sólo se descubre gastando sus calles. Por eso entro en crisis cuando -me pasó en zonas de Dallas- visito ciudades que prácticamente no tienen aceras. La caminata no existe, todo es sobre ruedas y en inmensos shoppings que exhiben todo menos identidad. En América Latina, en cambio, Río de Janeiro me parece una ciudad de otro planeta. No puede ser tan bella. ¿Pero la veríamos igual sin los cariocas y su creativo caos? ¿Hasta dónde lo natural es independiente de lo humano? Y hay ciudades en que la historia es puro presente. Jerusalén. Por allí, el Rey Salomón edificó su templo. Por acá, el Santo Sepulcro. Y ahí nomás la mezquita donde oró Mahoma. Lo sé: una cosa es la tradición y otro lo que realmente pasó pero acá el relato juega su rol: ha sido fundante de nuestra cultura.

Escribo y me entusiasmo. Quiero despegar. Me quedan en el tintero los all inclusive y los días bajo la sombrilla. Demasiada calma, quizás en otro vida.

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