jueves, 29 febrero, 2024
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Así son un año después las huellas del incendio de la Vall d’Ebo, la peor tragedia forestal de la historia

«Dios mío, el fuego se ve desde Gandia». Ese era uno de los mensajes apresurados que en aquella madrugada del 13 al 14 de agosto de 2022 poblaban las redes sociales. Probaba la magnitud desmesura del incendio que a las 22.00 horas de aquel maldito sábado un rayo provocó en uno de los paisajes urbanos más bellos de la Comunidad, la Vall d’Ebo, en el corazón de la Marina Alta. 

Ya desde aquellos primeros instantes se vio que las dimensiones del fuego eran descomunales. Tenía todos los elementos en contra: altas temperaturas, fuerte viento, muchísimas zonas de montaña yermas, densas pinadas, campos de cultivo abandonados e imposibilidad de actuación de hidroaviones y helicópteros en las primeras horas nocturnas. «En diez minutos las llamas rodearon el pueblo, nunca se había visto nada así», dijo entonces la alcaldesa de ese municipio, la socialista Leonor Jiménez

Al alba del domingo, cuando por fin pudieron intervenir los medios aéreos, las llamas avanzaban descontroladas en varios frentes, hacia la Vall de Laguar, la Vall de Gallinera, Pego o l’Atzúvia. En pocas horas ardieron 2.000 hectáreas, la película de cenizas cayó sobre el mar de Dénia y un satélite plasmaba que el humo había alcanzado Mallorca. Para lunes por la mañana, en tan sólo 24 horas, las hectáreas calcinadas eran ya 8.000.

Una pesadilla en círculos

El ejército evitó que las llamas prendieran las casas de la Vall d’Alcalà y tres días después el fuego volvió a amenazar Ebo, donde todo había empezado

El incendio de la Vall d’Ebo fue una especie de pesadilla que se repitió en círculos durante cuatro largas jornadas: el fuego desbocado continuó ampliando su perímetro y amenazando a más poblaciones: en la Vall d’Alcalà tuvo que intervenir el ejército para evitar que se prendiera fuego a las casas; llegó a amenazar al sanatorio de Fontilles en la Vall de Laguar; dañó el atávico yacimiento de Pla de Petardos, en Castell de Castells; obligó a desalojar gran parte de las poblaciones nombradas y penetró en El Comtat donde hubo que evacuar también Tollos, Fageca, Margarida, Famorca o Benimassot. Luego, mordió en Orba, Tormos, Sagra, Planes, Balones. Hasta 1.500 personas tuvieron que dejar sus casas. El martes las llamas lamían una montaña de Pego repleta de chalets y ese mismo día, otra vez, regresaban a la Vall d’Ebo, donde todo había empezado el sábado anterior. Sí, una pesadilla en círculos, el eterno retorno de Nietzsche fabricado de lava. 

Bomberos agotados, con las caras manchadas de negro, recorriendo kilómetros y más kilómetros de simas y montañas

Los efectivos de extinción se dejaron la piel. A diferencia de otras tragedias anteriores, apenas hubo críticas a su labor. Con las caras manchadas de humo y cansancio, los rostros crispados, los bomberos recorrieron kilómetros y más kilómetros de montañas y simas para controlar el perímetro del fuego. Hasta 26 medios aéreos llegaron a actuar, algunos procedentes de otras comunidades autónomas. 

Ese esfuerzo y el cambio de las condiciones climatológicas permitieron al fin abrirle la puerta a la esperanza: el miércoles 17 de agosto por la tarde una oportuna lluvia sofocó casi todas las llamas. Aquella misma noche los evacuados al fin regresaban a sus casas pero con el alma encogida: el panorama del paisaje era desolador. Un pulmón verde derruido. En total ardieron 12.150 hectáreas, la peor tragedia de la historia forestal de la provincia. El fuego alcanzó un perímetro de 100 kilómetros. La Vall d’Ebo vio calcinado el 24% de su territorio. 14 pueblos habían sufrido desalojos, 26 núcleos de población se vieron afectados. 

Un año después

Aspecto actual de Margarida. JUANI RUZ

Las huellas de la catástrofe son visibles un año después. Es verdad que la tierra es más fuerte que el fuego y se aprecian ya importantes rebrotes. Franjas verdes de nuevo. Pero todo es muy lento. La actual alcaldesa de la Vall d’Ebo, Sara Moll (Compromís) agradece un invierno «muy húmedo que ha permitido recuperar la montaña aunque a su ritmo». Que no es muy alto. La geología tiene sus propio tiempo. Que no es el del ser humano. 

El turismo rural no basta: hay que poner en valor la agricultura. Solo los campos cultivados actuaron de cortafuegos

Moll también señala que los grandes planes de reforestación se han de realizar a largo plazo y siempre bajo el criterio de profesionales. Y subraya que se han tramitado ayudas de la Generalitat y la Diputación de Alicante para mejorar el territorio, evitar la erosión o dotar de mayor seguridad a las zonas cercanas a caminos . Ya se han retirado los pinos calcinados que suponían un peligro para las carreteras y ahora se están triturando para esparcir sus astillas sobre el suelo dañado y así crear una alfombra natural que ayude a esa regeneración. También han llegado ayudas a los vecinos cuyas propiedades se vieron afectadas. 

La herida de la despoblación

Vall d’Ebo en la actualidad. JUANI RUZ

Pero existe otra herida abierta que es mucho más difícil de sanar: el abandono de todo este territorio espoleado por la despoblación y la falta de oportunidades económicas. La agricultura y la ganadería ya no son rentables y sufren una alarmante falta de ayudas. Por si fuera poco, este año productos emblemáticos como la cosecha de cerezas de los valles de la Marina y el Comtat se fueron al traste: la cooperativa ni siquiera abrió sus puertas. La Vall de Gallinera ha pedido por eso la declaración de zona catastrófica.

Urge pues un plan para poner en valor otra vez el sector primario y así proteger el territorio: una de las grandes lecciones del incendio residió en que aquellas zonas donde había actividad agrícola, con bancales cuidados, o ganadería, sobrevivieron mucho mejor a las llamas. Erigidas en una especie de islas verdes, resistieron, actuaron de cortafuegos. En cambio, los cultivos abandonados fueron una mecha. 

Con las montañas todavía calcinadas, este año se ha producido un bajón en el número de visitantes

Por supuesto también está el turismo rural. Este es un paisaje bellísimo que siempre recibió visitantes. Moll admite que efectivamente este año se ha producido un «bajón importante del turismo» (las montañas negras atraen menos) mientras se han recibido ayudas para fomentar estos parajes y conseguir que los visitantes no los olviden. Pero los alcaldes insisten en que el turismo no es suficiente. No se puede vivir sólo de eso. Para conculcar la lacra de la despoblación hacen falta más recursos. 

Por eso Moll insiste en que prolongar los apoyos económicos en los próximos años para mejorar el territorio será clave: «Se está empezando pero queda mucho por hacer y esas ayudas han de tener continuidad porque el sector primario en la zona está «muy empobrecido». De ahí que se muestre partidaria de «trabajar en fomentar la agricultura sostenible y la ganadería» para evitar la deforestación y de apostar por productos de mayor calidad y sostenibles». 

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