Rosas y Blagard, el loro que le hablaba con acento inglés

Ya que estamos en feriado y de algún modo evocando a Juan Manuel de Rosas, déjenme que le robe un texto espectacular al historiador argentino Roberto Müller, quien, entre otras obras, escribió una vibrante biografía de Rosas en el exilio inglés, titulada como la chacra del caudillo en Southampton: “Noticias de Burgess Farm”. Escuchen lo…

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Ya que estamos en feriado y de algún modo evocando a Juan Manuel de Rosas, déjenme que le robe un texto espectacular al historiador argentino Roberto Müller, quien, entre otras obras, escribió una vibrante biografía de Rosas en el exilio inglés, titulada como la chacra del caudillo en Southampton: “Noticias de Burgess Farm”.

Escuchen lo que es la soledad del despoder en un breve fragmento de este libro:

“A través de las ventanas de su habitación, en el piso alto de la casa, el anciano habitante contempla cómo cae la noche sobre la ondulada planicie inglesa en los alrededores de Southampton.

Poco a poco se van atenuando los sonidos y los colores, mientras desde el jardín llegan los penúltimos ladridos de Soto y de Gulot que, extenuados después de un día de correrías, muy pronto se recogerán bajo el portal.

La fiel Mary Ann retira discretamente el servicio de la frugal comida nocturna y trata de conseguir un orden improbable entre los múltiples papeles que cubren casi toda la mesa. Enseguida abandona el intento, de resultados inciertos, y cubre la jaula del adormilado loro Blagard, que hace ya rato que se ha llamado a silencio, tras despedirse en un trabajoso castellano con fuerte acento inglés.

Otra vez la soledad y el silencio invaden el cuarto, como otras tantas noches desde hace ya tantos años… ¿Cuántos han pasado desde aquel día fatídico en que tuvo que abandonar Buenos Aires oculto entre sombras y bajo protección del pabellón británico? ¿Cuántos serán todavía los que tendrá que pasar en esta tierra fría y sin emociones, que se vio obligado a elegir para vivir el destierro y su vejez?

La monotonía de las jornadas sin sobresaltos se le torna insoportable. Solo logran alterarla las espaciadas visitas de Manuelita, Máximo y sus dos inglesitos, o la llegada inesperada de algunos curiosos que se acercan a contemplar la decadencia del antiguo Tigre de Palermo, ahora con sus garras y colmillos inútiles encerrado como está detrás de los contundentes barrotes del exilio.

Melancólico, el anciano contempla la habitación que conoce de memoria. Allí están los baúles repletos de documentos y anotaciones con las que piensa escribir unos cuantos libros que tal vez nadie llegará a encontrar, las alfombras raídas, el barómetro, la chimenea sobre la que descansan dos relojes y la imagen de la Virgen de la Merced que Eugenia Castro le envió desde Buenos Aires; el simple tintero de platina; los estantes curvados bajo el peso de los libros, entre los cuales reina, sin competencia, el voluminoso y fatigado diccionario anglo-hispano. Ese es, en verdad, su libro predilecto, su único y permanente compañero de todos los días, el que lo ayuda a entender y a hacerse entender en este país tan civilizado, donde el horizonte está siempre al alcance de la mano y en el que extraña las apasionadas y crueles contiendas de su tierra indómita y lejana.

¡A esto se ve reducido su reino! A esto, a unos pobres ranchos y a unos cuantos acres con sembradíos en los que ha tratado de aclimatar con éxito el zapallo. A esto y a unas pocas vacas y caballos. A esto y a una lechería que un inesperado incendio transformó en cenizas, incrementando sus deudas y sus pesares.

Este es su reino inglés. ¡Y pensar que allá, en su patria, él había sido el todopoderoso Gobernador y Capitán General de la Provincia de Buenos Aires, el encargado de las Relaciones Exteriores de la Confederación Argentina y el ilustre Restaurador de las Leyes! ¡Y pensar que ante él temblaban propios y extraños, hombres y ganados, a los que manejaba a su antojo con el bastón de mando o con el rebenque!

El anciano se saca las cansadas botas, acerca a la escueta cama un candil, se desnuda, se cubre apenas con una manta de vicuña y, apoyándose en su codo izquierdo, se dispone a escribir. ¡A cuántos les ha escrito desde que llegó a la Gran Bretaña! ¡Y cuántas han sido las veces en las que, a vuelta de correo, sólo ha recibido respuestas evasivas, excusas sin fundamentos o un vergonzozo silencio! Sin embargo, él insiste. En su granja, a unas pocas millas de Sothampton, el anciano pasa una mano por sus ojos como para borrar un mal recuerdo o espantar una imagen funesta, respira profundamente y, envuelto en el silencio absoluto de la noche, escribe”.

por Edi Zunino

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