Una invitación al infierno

El idilio de Diego con la droga comenzó en Barcelona. Yo estoy convencido de que se originó la noche en la que se celebró su traspaso al Nápoli. Ya relaté que, luego de la firma del contrato con el equipo italiano, en el aeropuerto El Prat, regresamos a la casa del barrio de Pedralbes y…

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El idilio de Diego con la droga comenzó en Barcelona. Yo estoy convencido de que se originó la noche en la que se celebró su traspaso al Nápoli. Ya relaté que, luego de la firma del contrato con el equipo italiano, en el aeropuerto El Prat, regresamos a la casa del barrio de Pedralbes y allí se armó una festichola que tiñó el agua de la pileta de rosa-champagne. Yo no me quedé mucho tiempo en ese festejo, pero aparentemente, con el correr de las horas y de la burbujeante bebida francesa, el jolgorio dio lugar a que alguien apareciera con la “mandanga”, como decían ellos, y le convidara cocaína a Diego. Esa habría sido la primera vez que consumió, según supe. Durante el primer tramo de su etapa en Nápoli, nunca más volvió a consumir. Yo me habría dado cuenta, porque vivíamos en el hotel Royal y estábamos todos los días juntos.

Es muy complejo el tema de las drogas. A Diego nadie lo había preparado para llegar a esas alturas. Él mismo lo dijo:

—De una patada fui de Villa Fiorito a la cima del mundo. Ahí me tuve que arreglar solo: nadie me explicó cómo era la cosa.

Yo le decía que, si hubiera salido de Avenida del Libertador y Tagle, habría sido jugador de polo. Pero nació en Fiorito. Allí, a los caballos se los comen, porque hay mucha hambre.

Diego fue el primer producto a nivel mundial de la globalización. Era el hombre más famoso del mundo, sin ninguna duda, y eso lo llevó a buscar algo que lo pusiera en condiciones de dar respuesta a todo lo que de él se esperaba. Muchas veces lo noté extremadamente tensionado, confundido y angustiado. Él encontró en eso una especie de muleta que lo ayudara, sin saber que muchas veces ese camino es solo de ida, no tiene vía de retorno.

Uno de los momentos más dolorosos para él fue el nacimiento de Diego Sinagra. Ese fue un obstáculo que él no pudo superar, y que solo aceptó, casi resignado, después de treinta años. A partir de la difusión que el tema tuvo en los medios y, lógicamente, puertas adentro del departamento de la via Scipione Capece 3/1, aparecieron los primeros signos de abandono. Diego empezó a necesitar más del auxilio de la cocaína para hacer frente a todo lo que lo atormentaba y angustiaba. Se ve que eso le daba momentos de escape, supongo. De paz, frente a las presiones de los dirigentes, de los espónsores, de la gente, del periodismo. A veces me digo “menos mal que Diego encontró la cocaína”. Si no se hubiera topado con ella, la decisión que hubiera tomado, a lo mejor, habría resultado irreversible, como les pasa a tantos que se terminan suicidando. Si muchas de las personas que se quitan la vida primero se hubieran cruzado con la cocaína, quizás habrían obtenido tiempo para que los terapeutas llegaran con ayuda. No se cruzan con la droga y llega el final. No se debe hablar con tanta irresponsabilidad e irreverencia sobre los adictos. ¿Qué es preferible: que un hijo comience a tomar cocaína, o se pegue un tiro en la cabeza por no poder hacer frente a los avatares de la vida? Yo soy padre y escogería que, primero, encuentren la cocaína y me dieran tiempo para conseguir ayuda profesional, porque lo otro es irreversible. Diego, después de eso, vivió 35 años más.

Una tarde me llamó Mary, su hermana.

—Profe, dice Diego si puede venir a casa, porque quiere hablar con usted.

Subí a un taxi y fui hasta la vivienda donde vivía Mary, que quedaba en un condominio vecino al Parco della Rimembranza. Cuando llegué, me recibió ella misma y me mandó a su habitación. La puerta estaba cerrada, golpeé y me abrió el cuñado de Diego, a quien todos conocíamos como el Morsa. Adentro había unas cinco personas, y Diego estaba sentado sobre la cama matrimonial, apoyado contra el respaldo. Saludé y él les pidió a los demás que nos dejaran solos.

—Tengo que hablar con el Profe —les explicó. Salieron todos y yo me senté en el borde de la cama.

—¿Qué pasa, Die?

Empezó a hablar, sin un rumbo claro, dando vueltas, hasta que finalmente fue al grano: me invitó a tomar merca.

—Esto nos hace hablar —me aseguró. Sin embargo, noté que enseguida comenzó a costarle encontrar las palabras adecuadas que quería expresar. Es más, de pronto se quedó mudo. Yo lo miraba sin decir ni “pío”.

—¿Y? ¿Qué decís?

—Digo que no.

—¿Por qué?

—Porque cuando yo estoy contento, quiero saber por qué; y cuando estoy triste, también quiero saber por qué. Cuando necesito hablar, hablo, no me hace falta nada.

—Bueno, está bien…

—¿Eso era todo?

—Sí.

—Bueno, chau. Mañana nos vemos.

Salí de la habitación, saludé a los demás y me fui para mi casa. Fue la única vez que me propuso algo así. Nunca más lo intentó.

Título: Diego desde adentro 

Autores: Fernando Signorini, Luciano Wernicke y Fernando Molina.

Editorial: Planeta

Fernando Signorini

-Fue preparador físico de Diego Maradona durante tres mundiales: México 86, Italia 90 y Estados Unidos 94.

-También integró el cuerpo técnico cuando Maradona fue entrenador de la Selección en Sudáfrica 2010.

-Es un de los personajes del mundo del fútbol que más conoció a Diego y compartió historias que volcó en este libro.

-Es autor de una frase célebre: “Con Diego voy hasta el fin del mundo, con Maradona ni a la esquina”.

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