La emancipación de Messi

Cuándo empezó la liberación? ¿Dónde? Nunca es de golpe, nunca es repentino, sino un proceso que se cristaliza en algunos hitos. Desde hace horas, todo el país futbolero coincide en algo: Lionel Messi terminó de conquistar incluso a quienes lo criticaron durante toda su carrera. La razón es futbolística y hasta resultadista, obvio. Porque Messi…

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Cuándo empezó la liberación? ¿Dónde? Nunca es de golpe, nunca es repentino, sino un proceso que se cristaliza en algunos hitos. Desde hace horas, todo el país futbolero coincide en algo: Lionel Messi terminó de conquistar incluso a quienes lo criticaron durante toda su carrera.

La razón es futbolística y hasta resultadista, obvio. Porque Messi está liberado y se ganó el cariño del sector que lo desdeñaba a partir de que levantó la Copa América en el Maracaná. Sin esa postal en el estadio insignia del clásico sudamericano, probablemente esta nota –ni tantas otras– no existiría.

Pero antes del desahogo hubo un camino que, ahora, empieza a vislumbrarse de manera retrospectiva. Hay por lo menos cinco momentos le dan espesura a esta reconciliación total con ese sector que siempre lo relativizaba o ninguneaba, y que absurdamente lo comparaba con Maradona como si hubiese una carrera o una pelea imaginaria entre ellos. 

Quizás tenga que ver con eso (o no), pero Messi comenzó a maradonearla –y no por lo que hizo en la cancha– por primera vez en la Copa América de Brasil 2019. Con Javier Mascherano retirado de la Selección, Leo ocupó otro rol en un plantel que se renovaba casi por completo luego del fallido Mundial de Rusia. En la primera competencia oficial mostró esa nueva faceta, cuando acusó de corrupta a la Conmebol por los arbitrajes, primero en la semifinal contra Brasil y luego en el partido por el tercer puesto ante Chile. “No tenemos que ser parte de esta corrupción”, dijo Leo y rebotó en todo el mundo. Fue un anuncio de lo que vendría.

Después vino la pandemia, la interrupción sostenida y este trimestre emancipador: el llanto liberador tras el pitazo final contra Brasil, la foto que él y su familia soñaron siempre, el otro llanto en su salida de Barcelona, el recibimiento y la conmoción mundial por su llegada al París Saint Germain, y otra vez el llanto, el jueves en el Monumental, luego de su hat trick ante Bolivia y antes de los festejos musicales de los campeones de América.

En el medio, luego del escándalo en Brasil, Messi volvió a entregar otra postal de liderazgo, minutos después de la irrupción de los funcionarios de la Agencia Nacional de Vigilancia Sanitaria de Brasil (Anvisa). El capitán argentino regresó a la cancha del Neo Química Arena de San Pablo con una pechera de fotógrafo para hablar con Neymar y Tité, capitán y DT de la selección brasileña, el árbitro y algunos dirigentes que andaban por ahí: “Llevamos aquí tres días. Esperaron para comenzar el juego. ¿Por qué no lo hicieron saber antes? ¿Por qué no fueron al hotel? ¿Para qué nos hicieron jugar? El mundo está viendo todo esto”.

El mundo también está viendo cómo Messi dejó el único fantasma que le quedaba en su carrera y se asoma a su último tramo, con 34 años, en modo Superman. Esa cruz que se hizo especialmente pesada entre 2014 y 2018 con tres finales perdidas ya es un mal recuerdo. Su juego sigue siendo el mismo de casi siempre, pero la Copa ganada más un plantel con el que se siente cómodo, dibujan un contexto inmejorable para que él y todos disfrutemos sus últimos años en la Selección.