Hollywood después del 11-S: la industria de cara a una sociedad traumatizada

Así, la pregunta sobre cómo representar los eventos y ofrecer una forma de sobrellevar el dolor -que para una enorme porción de los habitantes del país del norte se sintetizaba en una extrema confusión frente al carácter supuestamente inexplicable de los ataques- tuvo su correlato en narrativas de todo tipo de género y tono que…

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Así, la pregunta sobre cómo representar los eventos y ofrecer una forma de sobrellevar el dolor -que para una enorme porción de los habitantes del país del norte se sintetizaba en una extrema confusión frente al carácter supuestamente inexplicable de los ataques- tuvo su correlato en narrativas de todo tipo de género y tono que buscaron dialogar con un público conmocionado.

En noviembre y diciembre de 2001 llegaron a las salas las primeras entregas de las sagas de “Harry Potter” (de Chris Columbus), “El señor de los anillos” (de Peter Jackson) y “Piratas del Caribe” (de Gore Verbinski), exitosísimos tanques de fantasía que, si bien fueron desarrolladas antes de los atentados, permitieron a las audiencias hallar la oportunidad de sumergirse en universos en los que la diferencia entre el bien y el mal es bien clara, y donde la unión lo puede todo contra la oscuridad.

La escena suprimida de “Friends”

Pero la táctica del escape y la negación también existió en lo que no se vio: la comedia de Ben Stiller “Zoolander”, la película romántica “Señales de amor” y la entonces en posproducción “El Hombre Araña”, de Sam Raimi, debieron hacer modificaciones de último momento en las escenas en las que aparecían las Torres Gemelas.

En la misma línea, es conocida la anécdota de cómo los creadores de “Friends”, la sitcom ambientada en Nueva York que por entonces atravesaba el descanso entre su séptima y octava temporada, suprimieron una subtrama en un capítulo que se vio semanas después de los hechos, en la que Chandler no podía evitar bromear sobre bombas en un aeropuerto y acababa detenido por personal de seguridad.

Otros proyectos de acción, como “Riesgos colaterales” o el thriller “Tick Tock”, debieron posponerse o, directamente, suspenderse debido a lo sensible que resultaban sus respectivos argumentos.

En tanto, la creciente islamofobia difundida por las autoridades y el pueblo estadounidenses y la sensación de vulnerabilidad ante el enemigo externo dieron lugar ese año a “24”, recordada serie televisiva con el protagónico de Kiefer Sutherland en el papel de Jack Bauer, un agente de la Unidad Antiterrorista que enfrenta dramáticas amenazas contra la seguridad nacional.

Ya iniciada la intervención en Afganistán, esa representación del heroísmo nacional enmarcado en temáticas de espionaje y militares -quizás una forma de eludir el “todavía es muy pronto” ante las imágenes más directas de lo sucedido- tuvo asimismo su espacio en el cine, con cintas como “Tras las líneas enemigas”, “Identidad desconocida” y “La caída del Halcón Negro” (2001) o “La suma de todos los miedos” (2002).

Entre la fantasía y la cruda realidad

Una década más tarde, esa tendencia temática también explicaría el éxito de “Homeland“, la tira de Showtime encabezada por Claire Danes como la agente de la CIA Carrie Mathison -basada en una serie israelí de 2010-, y la aparición de “Francotirador” (2014), el drama de Clint Eastwood inspirado en la vida del letal soldado Chris Kyle, que se posicionó como la más taquillera de ese año.

Pero incluso con el paso de los años, cuando se decidió abordar de manera concreta los atentados y sus consecuencias, la industria no encontró un gran recibimiento por parte de las y los espectadores, que aún se aferraban a narrativas satisfactorias pero no frontales, con personas “comunes” sobreviviendo a catástrofes, como el valiente Ray Ferrier interpretado por Tom Cruise en “La guerra de los mundos” (2005, de Steven Spielberg).

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En ese plano, los filmes “Vuelo 93” (2006), “Las torres gemelas” (2006), “La esperanza vive en mí” (2007) y “Recuérdame” (2010), todos centrados en vivencias reales o ficticias alrededor de los ataques, no lograron resonar fuerte en el público, como también lo demostró “Vivir al límite” (2009), la cinta de Kathryn Bigelow que a pesar de recibir el Oscar a Mejor Película, se convirtió en la de menor recaudación en ser galardonada con ese premio de la historia.

Tal vez por apelar al verosímil sin vueltas, esa camada de producciones quedó rápidamente sepultada por la sed de venganza llevada a la pantalla grande con la incomparable popularidad que adquirieron las películas de superhéroes en la Estados Unidos post-11S, en un camino iniciado por la trilogía de Raimi y su amistoso vecino arácnido que ayudaba a la ciudadanía de, ni más ni menos, su Nueva York natal.

A ella le siguió la saga de Batman dirigida por Christopher Nolan (2005, 2008, 2012), “El hombre de acero” (2013), de Zack Snyder; y la gigante franquicia de Marvel, con “Los Vengadores” (2012) luchando entre imágenes fácilmente asociables -el polvo, las explosiones, los edificios en ruinas- en pleno centro de la Gran Manzana.

La amenaza del terrorismo

Sin embargo, las dos décadas transcurridas desde aquel fatídico día comienzan a presentar pequeños intersticios en los que otras producciones más reflexivas -incluso a veces desde el humor- respecto de la postura de ese país alrededor del terrorismo y el odio al islamismo encuentran un espacio posible.

Allí aparecen títulos como las series “The Night Of”, drama con Riz Ahmed como un chico de origen paquistaní que es acusado de un crimen más por su origen étnico-religioso que por las pruebas en su contra; “Ramy”, comedia protagonizada por un joven musulmán en Nueva Jersey; y la explosiva “The Boys”, que con mucho ‘gore’ y acidez trae una perspicaz crítica al montaje de superhéroes y la creación de enemigos externos.

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En el terreno del cine, el año pasado estrenó en el Festival de Sundance -y recientemente desembarcó en Netflix- “¿Cuánto vale la vida?”, biopic con Michael Keaton que explora el proceso legal de indemnización a las familias de las víctimas de los atentados; seguida a principios de 2021 por “El mauritano”, sobre el caso real de Mohamedou Ould Slahi, quien pasó 14 años detenido ilegalmente en Guantánamo por un presunto vínculo con Al Qaeda.

Con un trayecto a veces sinuoso pero casi nunca notable por su autenticidad, Hollywood, que se esforzó por apelar a un espíritu de fortaleza y a los símbolos del poder a la hora de pelear contra la encarnación del mal que llega desde afuera, ve ahora un escenario más honesto -y acompañado por un movimiento que busca representar más que nunca a las minorías- para mediar con sus fantasmas.