24 horas con un adicto que lucha contra sus fantasmas

La alarma del referente de la comunidad suena a las 6.30. Su primera tarea del día es despertar a sus compañeros. A los otros cinco de su habitación, y a los seis de la otra. Ellos ya saben: deben entrar al baño (hay dos), higienizarse, cambiarse y estar a las 7 en el comedor, listos para…

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La alarma del referente de la comunidad suena a las 6.30. Su primera tarea del día es despertar a sus compañeros. A los otros cinco de su habitación, y a los seis de la otra. Ellos ya saben: deben entrar al baño (hay dos), higienizarse, cambiarse y estar a las 7 en el comedor, listos para desayunar.

Diego (41) y su ayudante se despertaron antes que el resto. Son los encargados de la cocina. Hoy, como prácticamente todos los días, prepararon pan casero, mate cocido y termos con agua caliente, que sirven en la mesa, con la misma prolijidad que el desayuno de un hotel.

La tele está apagada. El único sonido que acompaña a la escena proviene de un equipito de música. Ponen folclore. La consigna, y más que consigna es una norma, es escuchar un género musical que no escuchaban afuera, antes de llegar a este lugar. “A mi me pasaba de encerrarme a consumir escuchando Sabina. Si durante mi tratamiento sonaba Sabina, la música me iba a llevar a una situación que no quería recordar. Tenemos que estar todo el día con la mente ocupada, sin recordar lo que hacíamos”, cuenta Román (37), un ex adicto recuperado, hoy voluntario del lugar.   


Diego ingresó al centro de rehabilitación de adicciones de Pontevedra tras más de 25 años de consumir cocaína. Foto: Ale Bar

Durante el desayuno, la mayoría pregunta por el único celular del lugar. Lo tiene Julio, el encargado. Nunca probó las drogas, pero las padeció. Su hijo fue adicto durante diez años. Se recuperó en este lugar. Y Julio decidió quedarse. Para devolver un poco la ayuda que recibió su hijo. Los pacientes le preguntan si llegaron mensajes para ellos, y si pueden saludar a sus hijos, parejas o padres. 

El desayuno termina a las 8. A esa hora, todos comienzan con las tareas. Dos cortan el pasto, otros se ocupan de la jardinería. La mayoría trabaja en la fabricación de abono orgánico natural. Los que llevan más tiempo, y saben un oficio, van a colaborar a otras comunidades de la zona de Pontevedra, en el partido de Merlo, vecino a La Matanza. Hoy salen dos, acompañados, que saben de albañilería. Diego debería seguir en la cocina. El almuerzo debe estar listo para las 11. Pero el encargado le permite cortar el trabajo para conversar por Clarín.  

Sus primeras veces fueron por diversión. Por lo que llaman “consumo social”. Diego tenía 15 años. Y consumir cocaína, recuerda, lo hacía olvidar de todo lo mal que la pasaba en su casa, de las palizas de su viejo. Ese amigo que había conocido en el primer año de una secundaria de Morón, y que le había ofrecido su primer pase de merca, era su nueva familia. La familia que había podido elegir.

“Fueron tres o cuatro meses de diversión. Después, la diversión se convierte en adicción. El cuerpo se acostumbra a la droga, y te la pide”, dice hoy, a 27 años de aquella primera vez, y con 45 días limpio. Es decir, sin consumir, recuperándose. Del consumo en fiestas, los fines de semana, había pasado a los asados: se juntaban, comían y luego se drogaban. En la semana. Y de los asados, a las excusas para encontrarse con un solo fin. A tomar una cerveza en una esquina, o en una plaza, o a escuchar música en la casa de un amigo, o de un amigo de un amigo. Pero la realidad era una sola: querían consumir. Ya eran tres o cuatro veces a la semana.

A partir de ese momento, o de esa etapa de la adicción, todo empeora: Diego ya no podía solventar su vicio. Con esa necesidad, cuenta que comenzó a robar cosas de su casa primero, y a su papá, después. Lo que veía o encontraba se lo llevaba para vender o para cambiárselo al transa. Recién a los 19 años reconocería ante su familia que la droga lo dominaba. Y decidió internarse, por primera vez. Aunque el verdadero fin era que su mamá estuviera contenta y durmiera tranquila. Al menos por un tiempo.

Fideos con fileto es el menú del día. Para todos: pacientes, voluntarios y encargado. El estofado es de cerdo, gracias a una donación. La ayudante de cocina se acerca, y Diego corta su relato. Le dice que sin él no puede seguir. Diego se acerca, mira el agua de las ollas, los materiales con los que cuenta para la salsa, los paquetes de fideos, los cortes de cerdo. Y pide un rato para continuar. 

Del otro lado

Julio dice que estuvo del otro lado. “La viví del otro lado. Es muy difícil, también”, es su textual. Cuenta su experiencia al lado de Diego, en la misma mesa, en el mismo centro de adicciones. Es una especie de sobremesa. Ya retiraron los platos, los vasos, ya pasaron un trapo para las migas del pan casero. Según el organigrama del lugar, Lucas y Fabián deben lavar los platos hoy. Los pacientes tienen media hora de descanso. Luego, retomarán las actividades. 


Julio llegó al centro de recuperación de adicciones por su hijo adicto y se quedó a trabajar como voluntario. Foto: Ale Bar

Julio nunca probó las drogas. Pero las padeció. Tanto, que hoy es encargado del lugar. Su hijo fue adicto: diez, once años de consumo de cocaína. En base a su experiencia y a la de las familias que conoce, cuenta que los tratamientos comienzan tarde. “Ayudaría mucho admitir la adicción antes. El adicto te va a mentir. Son negadores compulsivos, manipuladores. Y yo, como papá, también lo negaba. Para todos nosotros es costoso comprender que tu ser querido, que criaste con tanto amor, es un adicto. Esa etapa te hace perder uno o dos años”.

“Estaba muerto en vida. Lloraba todas las noches. No quería ver ni a mis hijos. Y ahora quiero restaurar mi familia.

Diego

Adicto en recuperación.

Julio es el administrador del dinero de los doce pacientes. Si tienen, y quieren, pueden pedir que les compren una gaseosa, o una golosina, o un sándwich. Lo que no se les permite es salir. Antes, a esta hora, algunos lo hacían; se iban a vender el pan casero que producen en la cocina. Pero la actividad se canceló. “Sentimos que es exponerlos: están en la calle, con efectivo (por las ventas) y con todas las tentaciones que puede haber del otro lado de las puertas, porque ofrecían puerta a puerta”, detalla Román, el voluntario. Ese ingreso económico fue reemplazado por la venta del abono orgánico. Para esas ventas no es necesario salir.

Mientras los pacientes realizan sus tareas, Román explica por qué es importante hacer cosas todo el tiempo: “Los días de lluvia son los más difíciles, porque no se puede hacer nada y la cabeza te maquina todo el tiempo. Y pensás en la droga, extrañás a tu familia. Por eso tratamos de estar siempre en comunidad: compartimos las cuatro comidas, la oración, los cumpleaños. La idea es tener la mente ocupada siempre”. 

Ahora Julio enumera todas las cosas que pasó por la adicción de su hijo: dice que se enfrentó con los transas que le vendían, que se enojó con los amigos con los que consumía, que se sintió culpable, que su vida y su matrimonio se deterioraron por una problemática que se acrecentaba día a día. Las desilusiones eran constantes: “Se te vienen muchas cosas a la cabeza. Porque uno confía en su hijo, le da nuevas oportunidades. Lo ves bien un par de días y te ilusionás. Pero a los días vuelve a drogarse y te sentís frustrado. Teníamos las fuerzas limitadas y necesitábamos que él nos las renovara. Eran desilusiones constantes. Yo llegué a enojarme mucho con él. Hasta llegué a detestarlo”.

La comparación que plantea es con el cáncer. A partir de la lógica de que si “no hacés el tratamiento, te morís”. Los destinos de su hijo eran dos: la cárcel o el cementerio. “Dicen que lo peor para un padre es enterrar a un hijo. Bueno, yo nunca lo perdí. Pero hubo momentos en los que hubiese preferido perderlo y no verlo en agonía. La droga le había quitado la sensibilidad. No le importaba otra cosa. La adicción es como estar enamorado: vivís para eso”, reconoce. 

En el día a día del aprendizaje de ser padre de un adicto, Julio sintió que debía ponerse firme. Se había convencido de que con besos y abrazos no alcanzaba. Ya había intentado de muchas maneras. La enésima estrategia sería la más dolorosa: echarlo de su casa. Mandarlo a la calle. “Si le pasaba algo en la calle yo me iba a sentir culpable. Pero estaba dispuesto a sufrir para verlo bien. Lo eché para que se golpee, se rinda y se deje ayudar”.

De hijo a padre

Una noche de febrero pasado, Diego le hizo una pregunta a su hijo: “¿Te parece que me tengo que internar? Yo no doy más”. De los dolores corporales, tomaba hasta 13 pastillas por día. Se medicaba solo y conseguía la medicación sin recetas. A su adicción a las drogas le sumó la del alcohol. “Sí, pá. Te tenés que internar”, fue la respuesta. Y Diego dio la orden: “Agarrá el auto y llévame. Ya”. Era la una de la mañana. Diego armó un bolsito (lo único que tenía era una frazada y algo de ropa) y salieron hacia el centro de adicciones. “Si no me internaba en ese momento, sabía que al día siguiente volvería a lo mismo. Llegué y dormí en la tranquera. No daba más. Necesitaba cambiar”. La primera internación había durado entre dos y tres meses. 


Diego y Julio, que trabaja como voluntario en el centro de recuperación de adicciones de Pontevedra, adónde llegó por su hijo adicto. Foto: Ale Bar

Y desde su regreso a su casa, y a las drogas, había pasado 21 años iguales: sin un trabajo estable, sin poder mantener a sus hijos, comiendo la mayoría de las veces en lo de su mamá, acostándose a dormir cuando el cuerpo no le daba más (se despertaba cada una o dos horas y se volvía a dormir). Y con un único pensamiento al fin del día: ¿cómo haría para drogarse al día siguiente? De dónde sacaría el dinero, a quién le pediría prestado, a qué transa visitaría, con qué amigo podría consumir.

“La viví del otro lado y es muy difícil también. Yo, como papá, también negaba la adicción. Ayudaría mucho admitir la adicción mucho antes, pero es complejo.

Julio

Padre de un ex adicto a la cocaína. Ahora es voluntario en el centro de recuperación de adicciones.

“Los primeros días son los más difíciles, por la abstinencia”, aclara Diego. Y sigue. Porque hay más. “Soñaba con la droga: me levantaba pensando que estaba drogado y estaba en la granja. Transpiraba mucho y vivía con dolor de cabeza. Tenía ganas de irme. Pero afuera, no tengo nada. Ir a mi casa sería ir a drogarme, a tratar mal a mi mamá, a hacer sufrir a mis hijos. No puedo volver hacia atrás”.

Julio, que llegó aquí por su hijo y se quedó como voluntario, muestra los cambios de Diego, y de las personas que llegan para recuperarse: “Son como los presos: cuando están afuera, son todos hampones, no les importa la familia, nada. Pero estando acá, o en la cárcel, se acuerdan de que tienen familia. La droga te quita toda sensibilidad. Solo existís vos y ella. Y a los 30 días de internarse, ya son otra persona: miralo a Diego”.

Se refiere a su peso, a su forma de hablar, a su aspecto: ahora se afeita, se corta el pelo, sus uñas están prolijas, usa ropa limpia. Otro cambio importante es la incorporación de una rutina.

Diego se levanta a las seis de la mañana. Va al baño y del baño a la cocina, su lugar de trabajo. A las siete, el desayuno debe estar en la mesa, para sus compañeros. Lo prepara él, con su ayudante. El almuerzo se sirve de 11 a 13. ​ 

Pero hay algo que está presente. A toda hora, a todo minuto, a todo segundo. Puede estar siempre, o desaparecer y reaparecer en cualquier momento. “Son los pensamientos de la droga“, explica Diego. “Pero hay que sacarlos. Decirte internamente ‘no quiero pensar en esto’ y ocupar la mente en otra cosa”.

Para borrar o intentar quitarse ese pensamiento, algunos hacen deporte. Juegan al fútbol, o corren, o hacen ejercicios. Otros hablan con los profesionales. O con los voluntarios. O con sus familiares. Hay que hacer algo, siempre. A Diego, que dice no tener miedos, lo que más le preocupa es volver hacia atrás.

“Vine mal de salud, mal de las emociones. Estaba muerto en vida. Lloraba todas las noches. Quería dejar las drogas, y miles de noches dije ‘no me drogo más’. Pero a la mañana siguiente me cambiaba la mente. Vivía en un pozo depresivo. Hoy volví a nacer. Estoy ganando tiempo. Me renuevo día a día, me siento mejor, con ganas de vivir. Mis hijos me visitan y se vuelven emocionados. Si yo era un cachivache… no quería ver ni a mis hijos. Pero ahora quiero restaurar mi familia”.

Julio, a su lado, lo aconseja. De la misma manera que lo hizo con su hijo y lo hace con el resto de los internados. “Tenés que ser consciente de tu debilidad. Todos tenemos un talón de aquiles: no te olvidés que sos débil. Vas a vivir con eso. Vos te podés curar de una gripe; pero no quita que no te enfermes más adelante. Con la droga, es lo mismo”.

Los pacientes comienzan a regresar de las actividades. Faltan minutos para el horario de la merienda. Uno de ellos, pide hablar con Román. Y Román ya imagina lo que se viene. Pueden ser ganas de hablar. De sincerarse: que extraña a sus hijos o a su mujer, y que necesita salir a visitarlos. Cuando es así, el término utilizado, en la jerga del lugar, es este está crudo.

“Es cuando llevan semanas o un par de meses bien y sienten que ya están para irse”, detalla Román. “Cuando quieren saltear el proceso por sentirse mejor que al llegar. Lo que pasa es que todo lo que no arreglaron en 10 o 20 años, lo quieren solucionar en cinco minutos”.

Lo que también puede pasar es que le digan que no tienen ganas de hacer nada. Que prefieren quedarse todo el día en la cama, solos. Eso es lo que le comenta el paciente. Que no quiere hacer más nada en el resto del día. Por eso, para cuando se sirva el pan casero con mate cocido de la merienda, Román estará con el paciente, escuchándolo. Apartados del resto.  

De paciente a voluntario

Román es otro voluntario del lugar. Aunque a diferencia de Julio, él sí llegó como paciente. Tenía 19 años cuando se internó. Hoy tiene 37. “Luego de recibir ese favor, y el bien de los que me ayudaron, quise hacer lo mismo. Volcar mi vida para darle a otros lo que me habían dado”, explica. Además de estar, y de acompañar, enseña su oficio. En este lugar se hizo amigo de la cocina. Luego, estudió y se recibió de chef, que es de lo que trabaja. Pero aquí enseña el oficio. De “onda”. Gratis.  

“Venimos a este lugar a pedir ayuda. Venimos de ser suicidas: con la droga, nos matamos en vida. Y de pronto aprendemos a querernos.

Román

Ex adicto y ahora voluntario del centro de recuperación de adicciones.

La primera gran diferencia que encuentra entre su pasado como internado y su presente como voluntario es la edad de los adictos en recuperación. Con 19 años, era el único joven del grupo. Ahora llegan muchos sub 22. O sub 25.

“Hay gente de mi edad, tal vez tirando a clase media, que cuenta que como ya no le hacía efecto la cocaína, empezó a cocinarla”, detalla. “Es un proceso para fumar esa misma cocaína. Es muy adictiva. Los arruina. Los de menos recursos siguen con el paco. Son diferencias sociales; las drogas que tienen a mano. Pero a todos les cuesta por igual este proceso. Hay gente que dura un día. Yo traje amigos, los dejé y cuando volví ya se habían ido. No bancan la primera manija. No vienen convencidos. Y esto es a todo o nada”

El término “todo o nada” incluye, entre tantas cosas, la eliminación hasta del cigarrillo. Porque la lógica es “si te domina el tabaco, te puede dominar cualquier cosa”. Para Román, y para Julio, hay adicciones que se pueden disimular. Al trabajo, a las personas, a la comida, y por sobre todas las cosas, a querer tener más y más: la avaricia. “Con el argumento de ‘quiero progresar’ o ‘quiero dejarle un futuro a mis hijos’, viven presos del dinero. Son esclavos y se olvidan del tiempo que pierden con la familia. En cambio, la adicción a la droga no se puede esconder”.

La merienda es a las 18.30. Dos horas después es el turno de la oración colectiva. 21.30 es la cena. A las 23, todos deben estar acostados.​

Hoy es noche de “cine”. Van a mirar una película que todavía no decidieron. En grupo. La única condición es que no tenga escenas de sexo, violencia y consumo.


En el centro de recuperación de adicciones, los pacientes tienen actividades contidianas. Foto: Ale Bar

El después de la internación es tan o más importante que la estadía en el centro: “El que sale te dice ‘ahora valoro a la familia’, pero vuelven al barrio, con las amistades de antes, alejados de los que te ayudaron. Y es necesario seguir en contacto con la gente del centro. Lo que se necesita es compartir tiempo con gente que esté mejor que vos”, opina Román. Y argumenta: “Es algo que aprendí cuando llegué, y que me sirvió para la vida: relacionarme con gente con la que las charlas sean buenas, que te dejen algo, que escuche cosas que me ayuden y realmente me dejen algo”.


Por las tardes, cada uno tiene actividades asignadas. Solo algunos salen por tareas puntuales en la zona de Pontevedera. Foto: Ale Bar.

La comparación con la vida antes de la internación es constante. “Tuve una vida en la que no pude progresar, porque vivía con un ‘saco roto’: mi dinero se iba muy rápido, siempre en lo mismo. Mi talento no existía porque estaba preso de la droga”, explica Román. Y concluye: “Venimos a este lugar a pedir ayuda. Si crees que vas a poder hacer todo solo a los dos meses, te espero de vuelta en este lugar. Hay que concentrarse: si no estás bien, y no te querés, no podés querer a tu esposa o a tus hijos. Venimos de ser suicidas: con la droga, nos matamos en vida. Siempre fuimos los marginados, los cachivaches, el descarte. En estos lugares aprendemos a querernos. Nos limpiamos, y nos decimos ‘uy, yo también me puedo reír. Puedo comer, puedo correr, puedo estar bien. Descubrimos cosas. Estábamos mal, pero ahora podemos ser útiles”.  

SC

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