El fútbol de Italia: de los días de Diego Maradona y otros supercracks a la voluntad de resucitar

Hubo un tiempo en el que el Calcio era una atracción de todos. Bastante antes de la Ley Bosman, los mejores ya eran parte de la Serie A. Hasta el Nápoli que venía de dos temporadas consecutivas salvándose del descenso en las últimas dos fechas y por escaso margen se animó a lo imposible: contratar al…

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Hubo un tiempo en el que el Calcio era una atracción de todos. Bastante antes de la Ley Bosman, los mejores ya eran parte de la Serie A. Hasta el Nápoli que venía de dos temporadas consecutivas salvándose del descenso en las últimas dos fechas y por escaso margen se animó a lo imposible: contratar al mejor de todos, Diego Maradona. El más crack de todos los cracks llegó desde Barcelona para ofrecerle una bendición al fútbol italiano. El tipito que no llegaba al metro setenta y que se había ido de la Ciudad Condal con algunos títulos pero con manchas y dolores dijo que sí e invirtió el mapa. El Sur ya le competía al Norte.

El fútbol italiano era una maravilla. No tanto en términos de juego sino en cuanto a su competitividad. Los mejores jugaban ahí. La Juventus tenía a Platini, el Milan contaba con los más destacados holandeses (Ruud Gullit, Marco Van Basten, primero; y luego Frank Rijkaard), el Inter tenía a los alemanes (con Lothar Matthaus a la cabeza) y incluso el Udinese se animaba a osadías: contrató a Zico, entonces ya considerado por muchos medios de su país como el Pelé blanco. Y por supuesto, en aquellos días, ya estaba Diego. Las competiciones de la UEFA contaban una verdad: Italia dominaba el fútbol de su continente y de todo el mundo.

Aquel fútbol ochentoso y su continuidad multimillonaria en los noventa mantuvo a la Serie A en el centro del más popular de los deportes. Todos querían ir a jugar ahí. Cuestión monetaria. Cuestión de jerarquía. Era el fútbol más exitoso. Y era el fútbol más bravo.

Detalle curioso: Italia fue campeón del mundo en 1982 con un plantel que no le hablaba a la prensa por los cuestionamientos que recibía. “Silenzio stampa”. Volvió a ser campeón bastante tiempo después, siempre entre dificultades luego del escándalo de corrupción interno en 2006.

La actual Serie A no tiene aquellos brillos, incluso más allá de la presencia de Cristiano Ronaldo en la Juventus. Al margen de la participación de la Vecchia Signora, el Calcio no obtiene una Champions desde los tiempos de Mourinho y Zanetti en el Inter hace ya más de una década. Todo lo que sucedió después en el ámbito de la competición más relevante de la UEFA fue territorio de españoles, ingleses y alemanes. El fútbol italiano se quedó afuera de esa joya que le había resultado tan propia.

Incluso ahora, sin ser un fútbol outsider, perdió aquel dominio. En varios sentidos. Aunque sigue en el top 3 en el coeficiente UEFA (el que determina espacios para las competiciones internacionales desde las Ligas locales), perdió aquella suerte de glamour. Acá, en Argentina, eran tiempos en los que muchos se despertaban temprano y otros no se iban a dormir y seguían de largo para ver esa fútbol de cracks, de roces, de intensidad. Asombro: el promedio de goles era escaso, pero la Serie A atrapaba multitudes alrededor del mundo.

Ya no sucede tal magnetismo. En estos días, la Premier League es la más convocante en los países más poblados (China, India, Indonesia), la Bundesliga es la que más gente lleva a los estadios y el Real Madrid y el Barcelona, desde España, superan en valor de mercado a cualquier equipo italiano, incluyendo a los gigantes del norte como Inter, Milan y Juventus.

Sin embargo, el fútbol italiano es un recorrido de resurrecciones. Y en eso anda ahora. Como el Torino, el mejor equipo de los años cuarenta, que siempre busca asomar la cabeza. Aunque le cuesta, aunque frecuentemente no puede. Pero no pierde su tradición y sigue. Y va. Como el fútbol italiano que perdió ciertos encantos, pero siempre está volviendo a nacer, como su historia le reclama.

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