La receta de Juli: le ganó al cáncer infantil y sus galletitas para ayudar son un éxito

Juli estaba en la clínica, terminando una de las sesiones de su tratamiento. Sentada en el sillón de la habitación, con la mochila lista para volver unas semanas a casa, le dijo a su mamá que tenía que hacerle una pregunta difícil. Ella se preparó para responder lo que no quería responder, pero lo que Juli…

La receta de Juli: le ganó al cáncer infantil y sus galletitas para ayudar son un éxito

Juli estaba en la clínica, terminando una de las sesiones de su tratamiento. Sentada en el sillón de la habitación, con la mochila lista para volver unas semanas a casa, le dijo a su mamá que tenía que hacerle una pregunta difícil. Ella se preparó para responder lo que no quería responder, pero lo que Juli quería saber la sorprendió: “¿Voy a poder volver al colegio?”.

Pasaron dos años de ese día y hoy, en la entrevista del otro lado del Zoom con Clarín, Juli pide si el fotógrafo puede ir justo en el horario de una clase que no le gusta tanto. Se ríe, y los rulos domados por sus trenzas ríen con ella.

Juli tiene 12 años, volvió al colegio y le ganó al cáncer infantil. Y no sólo eso: transformó el camino de su tratamiento (porque ella nunca sintió que estaba enferma, sino en tratamiento) en un proyecto solidario que no para de crecer. Empezó cocinando galletitas y Las Cookies de Juli se convirtieron en un éxito que generó y genera donaciones para varios hospitales. Y además, ahora Juli publicó un libro.

Juli en el lugar que más disfruta: la cocina. Foto Emmanuel Fernández

La historia empieza en septiembre de 2018. La familia ensamblada de Julieta Leonetti Aguado recién había recibido la noticia de que su mamá y su pareja iban a tener un bebé. Otro hermanito o hermanita se sumaba a Juli y Olivia, su hermana menor, entonces de 6.

Pero Julieta empezó a tener fiebre sin causa aparente. Subía, bajaba, a la semana volvía a subir. Y sus cachetes regordetes, de pronto, palidecieron. Esa fue la señal de alarma: Soledad estaba en un viaje de trabajo cuando la palidez se sumó a otras rayas en el termómetro y Gustavo, su pareja, la llamó por teléfono.

—Voy a llamar a una pediatra a domicilio.

El agradecimiento de la familia a esa médica, de las que no les quedó ni el nombre, es eterno. Ella notó que algo andaba realmente mal. Indicó estudios, que fueron la llave para el diagnóstico temprano y el camino para el tratamiento en el momento exacto. El tratamiento que reemplazó a la enfermedad.

Las cremitas

La confirmación del diagnóstico llegó en octubre: leucemia linfocítica aguda. Fue un baldazo para todos. Empezaron los ciclos de quimioterapia, las internaciones. “Pero dejamos de preguntarnos por qué pasó y decidimos meterle la alegría con la que vivimos siempre, y redoblarla. Decidimos que donde estuviera Juli, en casa o en la clínica, fuera una fiesta”, recuerda Soledad.

En los días que se iba a internar, Juli llevaba una valija llena de cosas: juguetes, libros, lápices, música. En la habitación, siempre trataban de llenarla de luz, en todo sentido.

Las famosas pepas. Juli con sus hermanas Olivia y Antonia, su mamá y la pareja de Soledad. Foto Emmanuel Fernández

Aunque hay cosas que no se pueden evitar. Como el dolor, las molestias. Aunque sí mitigarlas. Para eso están las “cremitas”, como les dice Juli, a los analgésicos locales que se usan donde se colocan las vías para la medicación. Y también la “espumita”, otro producto que se emplea para retirar las cintas adhesivas y que duela menos. Juli cuenta que “son caras” y difíciles de conseguir acá, y que por eso empezaron a pedirle a cada conocido que viajara al exterior que se las trajera.

Pero un día, una enfermera le contó que no todos los chicos podían acceder a las “cremitas”. “Dije, ‘Ah, para, entonces les duele todo’”, repasa hoy haciendo el gestito que uno imagina hizo antes. Juli puso su cabeza a caminar: había que ayudar a los nenes que no tenían cremitas. Y se le ocurrió qué hacer: galletitas.

Soledad dice que a su hija siempre le gustó cocinar. Y fue motorizando a toda la familia alrededor de ese proyecto. Se acercaban las Fiestas, así que buscaron recetas de cookies navideñas en YouTube y en Pinterest, empezaron a amasar y a vender, primero a conocidos, en el colegio y a vecinos del barrio de Escobar donde viven. Todo eso, entre las sesiones de su tratamiento.

El huracán de las pepas

Las galletitas navideñas arrasaron. Y en enero, Juli se reinventó. Compró otros cortantes, buscó nuevas recetas, y empezó a hacer pepas de membrillo: fueron un huracán. Juli anotaba los pedidos en su agendita, amasaba, preparaba las bolsas. Llegó a despachar cinco kilos de pepas en un día. Empezó a venderlas en Capital. Su mamá posteó la historia de sus galletitas. Desde el grupo Antigourmet la compartieron, además de comenzar a vender las pepas en su restaurantes. Y ahí apareció Loli.

Loli Palazzo es pastelera, dueña de Tan Rico Patisserie. Leyó el posteo de Antigourmet y le escribió a Julieta para ofrecerle clases de pastelería. La nena no solo se convirtió en su alumna, sino también en su socia. Las Cookies de Juli sumaron muffins, budines, brownies, bandejas para el Día del Padre y ahora hicieron bombones para el Día de la Madre.

Manos a la masa. Cocinando con Olivia. Foto Emmanuel Fernández

Clarín había contado el año pasado, para el Día del Niño, la iniciativa de Juli. Desde entonces, creció exponencialmente. Por ejemplo, empezaron a recibir encargos de empresas, y así Juli llegó a decorar 200 camioncitos para la convención en la que la Asociación Argentina del Hormigón Elaborado celebró sus 40 años. Y el proyecto siguió escalando con Hay equipo ¡a cocinar!, el libro de recetas y juegos que Juli y Loli acaban de publicar y que también alimentará con sus ventas esta gran movida solidaria, y que ya puede comprarse a través de Area de Picnic, un emprendimiento que Soledad creó para transmitir todas las experiencias lúdicas que aprendió en este largo viaje desde el diagnóstico de Juli.

La felicidad de ayudar

“Mucha gente dio una mano para que esto funcione”, agradece Soledad. Porque lo que empezó siendo las “cremitas”, sumó bandanas, juguetes y libros para pintar para los pequeños pacientes en tratamiento oncológico. Juli calcula que ya ayudaron a unos cinco o seis hospitales, a los que no sólo donaron cremas analgésicas sino que equiparon con juegos sus salas de hematología y oncología. Así, cuenta, aprendió que “los juguetes no pueden ser peluches ni masas, no tienen que juntar tierra y se tienen que poder limpiar, como los bloques”.

Juli se acuerda cuando con Loli fueron a llevar esos juguetes al hospital pediátrico de Del Viso. Uno era un metegol. Después de armarlo, “vinieron unos chicos y nos quedamos jugando al metegol todos con una mano”, porque una de las pacientes tenía una vía colocada. Entonces, todos los demás escondieron una mano, para estar iguales.

“Me pone muy feliz. Me gusta”, responde Juli cuando se le pregunta qué siente cuando todo su trabajo se materializa en la ayuda a los demás. Lo dice y sonríe, transparente. También sonríe cuando piensa en qué va a ser cuando sea grande. ¿Pastelera? “Sí, pero quiero tener un food truck, porque me gusta mucho cocinar salado también”.

Juli se entusiasma cuando piensa en un futuro más inmediato. “Estamos buscando nuevos lugares para donar”, anticipa. El próximo es el ex San Carlos, también de Del Viso, que ahora se convirtió en un hospital para adultos mayores. A Juli se le ocurrió que los abuelos internados también se merecían jugar y su objetivo ahora es comprar lanas, agujas, cartas, juegos de ajedrez y juegos de mesa para llevarles.

Con su hermana menor. Su mamá quedó embarazada de Antonia cuando Juli estaba en tratamiento. Foto Emmanuel Fernández

Jugar, como ella juega con Olivia y Antonia, la hermanita menor, y con Tyrion, el bulldog francés que le regalaron para el Día del Niño. Le eligieron el nombre, dice, porque se parece a Tyrion Lannister, uno de los personajes más famosos de Game of Thrones. “Se pronuncia Tirion pero todos le dicen Tairon como el de los Backyardigans”, se fastidia, divertida. Vuelve a reír y a mover sus rulos. Y termina la charla para volver a poner otra vez las manos en la masa, lo que la hace tan feliz.

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