La pasión según Rosario Bléfari

Muera el cáncer. Ayer dejó de existir, en la dimensión que consideramos como la de los vivos, una de las personas más creativas, inspiradoras, constantes, curiosas e inspiradoras que tuvo la Argentina en los últimos 30 años. Es mujer, qué detalle, y fue compositora, cantante, actriz, escritora, conversadora, madre y argentina.Rosario Bléfari (Mar del Plata,…

La pasión según Rosario Bléfari

Muera el cáncer. Ayer dejó de existir, en la dimensión que consideramos como la de los vivos, una de las personas más creativas, inspiradoras, constantes, curiosas e inspiradoras que tuvo la Argentina en los últimos 30 años. Es mujer, qué detalle, y fue compositora, cantante, actriz, escritora, conversadora, madre y argentina.

Rosario Bléfari (Mar del Plata, 1965) fue ayer, en su día final, un murmullo constante de amor en redes sociales y un estrépito de timidez en la repercusión mediática. Ahora, que las horas acomodan un poco la estantería personal que se ubica entre la tristeza personal de los que la conocimos y la labor profesional a la que debemos rendir cuentas, si tuviera que reducirlo todo a un recuerdo único sería éste el primero.

Era el verano del ’92. Fabiana Cantilo sonaba en todos lados con Mi enfermedad, también en el Bar Dos Mundos (Callao y Sarmiento, creo recordar) y la moza que sirve una cerveza no tan fría me deja helado. Unas horas atrás, había sido la chica que en Museo Rock había demostrado a los que presenciaron uno de los primeros shows de Suárez, que lo de la buena de Fabi, que estaba teniendo el primer hit crossover de una mujer en el rock local, con un tema compuesto por un hombre (Andrés Calamaro), no era el único camino. Todas las parábolas en esa encrucijada de Cenicienta porteña.

Esa imagen, más afín a una película de Jarmusch o Kaurismaki (o Rejtman, como descubriríamos después) que a la de una actual y ampulosa biopic, es un poco, o mucho, de lo que Bléfari legó como ética, incluso desde el padecimiento. De principio a fin. Como una linterna que atravesó épocas, modas, bandas (Suárez, Sue Mon Mont, Los mundos posibles, su carrera solista), películas, obras de teatro y libros. Era independiente, no indie. Inauguró, siempre con respeto para sus antecesoras, la posibilidad de que una mujer fuera el motor creativo de una banda, y no la corista que co-protagoniza un proyecto.

Rosario Blefari en 2018/
Foto German Garcia Adrasti

Para esos fines, Rosario fue también la Juana de Arco de la autogestión, en un proyecto, Suárez, donde se usaba el apellido del hombre a quien amaba (Fabio) y se corrían los riesgos que había que correr mientras el menemismo no daba otra opción que ser exitoso y opulento, o morir. Promediando los ’90, a partir del genuino modelo generado por Los Redondos, la independencia era un adjetivo que daba prestigio y heroicidad, pero también un camino optado. Lo eran Suárez y La Renga, aunque unos apenas pudieran llenar espacios chicos como La Luna y no sonaran en la radio y los  otros llenaran estadios, tuvieran pauta en Rock&Pop y un contrato de un millón de dólares (fabricación, promoción y distribución) con una multinacional. “Murió Rosario Bléfari, la que de chica vivió en Bariloche”, tituló el portal de un diario de la zona patagónica, ayer. A ella le hubiera encantado, también.

Entró en el nuevo milenio sin la banda que inspiró a cientos de chicas y chicos a expresarse y tener un referente que antes no existía, pero con una hija, Nina, que hoy sigue sus pasos. Sus inquietudes, siempre diversas, se magnificaron. Aunque no haya interactuado, mujeres como Lucrecia Martel (que la tuvo en mente para La mujer sin cabeza) y Juana Molina, ya desertada de la posibilidad del stardom televisivo, la acompañaron como símbolos de las mayores usinas creativas de esta época. Pares. A diferencia de ellas, con culto y estrellato en el mundo anglo, lo de Rosario fue de fronteras adentro, aún cuando hoy la lloren desde España, México, Chile, Perú y Colombia, donde el murmullo de su obra también se extendió.

Por más que tienten a nosotros, los torpes testigos de su constante y casi inabarcable obra (con su propia voluntad de llevarla a cabo entre uno de los mayores ítems a destacar), las adjetivaciones ampulosas no estaban hechas para nombrarla. Ni hacen falta. Dicta ella, entonces, el pequeño texto de una canción enorme, de las suyas, un posible obituario: “En un viento joven y brillante/ en una cuestión de fe/ en una coraza invisible/ en una tarde de cansancio”. Muera el cáncer. 

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