El futuro ya llegó: las 5 revoluciones que aceleró el coronavirus

Estamos sentados en la platea. Proyectan “la realidad”. No toda sino la de los últimos meses, desde el inicio de la pandemia de coronavirus​. A la salida, charla va, charla viene, notamos que vimos películas distintas.Para unos fueron escenas desesperantes: la desigualdad y la pobreza, aceleradas y en ebullición. Hospitales explotados de enfermos, millones de…

Estamos sentados en la platea. Proyectan “la realidad”. No toda sino la de los últimos meses, desde el inicio de la pandemia de coronavirus​. A la salida, charla va, charla viene, notamos que vimos películas distintas.

Para unos fueron escenas desesperantes: la desigualdad y la pobreza, aceleradas y en ebullición. Hospitales explotados de enfermos, millones de despedidos, industrias paradas, chicos no educados, jóvenes encerrados, ancianos deprimidos, geriátricos en rojo. Y los muertos.

Para otros, el filme resumió el empuje de la humanidad: escenas de cofradía y del “Estado presente”. Lazos comunitarios engrosados, un avance científico inédito en la historia, la tecnología y la informática en su mayor esplendor. Todo enmarcado por las bondades del mundo virtual, la matriz que nos cobija e integra. La que achica distancias y burla el encierro.

El coronavirus está cambiando nuestras vidas. No de la mano de fenómenos novedosos sino a través de cambios que ya acontecían entre nosotros, pero que ahora aceleraron su ritmo. Varios expertos consultados por Clarín analizan cómo. Y sentencian: los efectos son irreversibles.

Qué transformaciones está empujando el coronavirus en la economía, las finanzas y el empleo​ son preguntas irritantes: señalan lo que a las claras todos padecemos. Y “todos” es el 89% de los latinoamericanos que vieron sus ingresos trastocados por la pandemia, según los datos del “Barómetro Covid-19” de Kantar.

Mariana Luzzi es socióloga, investigadora del Conicet y docente de “Problemas socioeconómicos contemporáneos” en la Universidad Nacional de General Sarmiento. Acaba de publicar “El dólar, historia de una moneda argentina (1930-2019)”. Clarín la contactó en busca de algún paralelismo con otro momento de la historia en que los cambios en la economía hayan sido semejantes.

Persianas bajas por el Covid-19 en una peatonal de San Martín, provincia de Buenos AIres. Foto: Marcelo Carroll

“¿Las revoluciones industriales? No, no me parecen comparables a la pandemia. En todo caso el coronavirus sería como las grandes crisis económicas, la de 2001 o la de 1989, por la combinación de efectos económicos de alto impacto en la vida cotidiana. En este momento no solo cayó mucho la actividad y creció el desempleo sino que, de un día para el otro, cambió cómo compramos todo y cómo accedemos al dinero. Es lo más parecido a un desastre climático: un mega tornado que generó un estado de shock”.

En la cuarentena, las billeteras virtuales cobraron relevancia. Pero Luzzi resaltó que “cuando uno mira el mapa de la Argentina, cómo se distribuye el acceso a los servicios bancarios, cajeros por ejemplo, las desigualdades en el país son inmensas. Estas cuestiones ya se veían, pero la pandemia dejó al desnudo las consecuencias múltiples del acceso inequitativo a esos servicios”.

Clientes hacen cola fuera de un cajero del barrio de Caballito. Foto: Andrés D’Elia

Al mismo tiempo se volvió evidente “cuánto pesa el efectivo en las transacciones cotidianas: gente que tiene tarjetas, pero usa efectivo por costumbre o porque no hay posnet donde compra. El sistema está poco bancarizado, aunque claramente en estos días las transacciones con tarjeta y pagos electrónicos crecieron muchísimo. Ya pasaba, pero la coyuntura hizo que se instalara”.

Y así como tras la crisis de 2001, “muchos empezaron a usar la tarjeta de débito porque no tenía restricciones en los pagos y por la devolución del 5% del IVA, de este contexto se puede esperar algo similar: un salto hacia una profundización mayor de la bancarización”. 

Hablando de dinero, Gustavo Sambucetti, director institucional de la Cámara Argentina de Comercio Electrónico (CACE), recordó la importancia del e-commerce en la formalización de la economía (el 92% de las compras online se pagan con tarjetas). Además, explicó que los cambios comerciales por la crisis sanitaria se dan a ambos lados del mostrador.

En Mendoza, un restaurante funcionando en la modalidad “take away”, en el marco del aislamiento obligatorio. Fotos: Ignacio Blanco / Los Andes

“Hay consumidores que ya compraban online y ahora se lanzan a más rubros, y hay otros que nunca se habían animado y lo están haciendo, obligados por la cuarentena. En las primeras semanas vimos un crecimiento del 300% en supermercados y del 60% en farmacias”, detalló.

De lado de la oferta, la caída del consumo es indiscutible, con cientos de industrias paradas. Pero hay matices por sector: “En un contexto difícil para todos, algunas empresas se volcaron de lleno al comercio electrónico y les está yendo mejor que antes. Hasta ahora les representaba algo tibio, menos del 15% de sus ventas. Pero está cambiando. Hablando con gerentes de e-commerce de compañías grandes me dicen ‘De repente me convertí en la persona más importante de mi empresa y están escuchando mi plan de negocios‘”.

La actividad de los repartidores, en jaque por la falta de regulación legal, es una de las que más creció en el contexto del aislamiento obligatorio. Foto: Rafael Mario Quinteros

“Por el ahorro de tiempo, de energía y el bajo riesgo sanitario de las compras online”, el director de la CACE aseguró que “este crecimiento es un punto de inflexión en una industria que ya venía creciendo (con una facturación, en 2019, de 404.000 millones de pesos y 146 millones de productos comercializados). Ya en la prepandemia veíamos una adopción del online para categorías más cotidianas, aparte de comprarte la tele… Esto va a generar una profundización de esa tendencia”.

Los desafíos no son menores: “La parte física del comercio electrónico tendrá que haber cambios. A muchos esto los agarró desprevenidos. Las empresas de logística no estaban preparadas… no tienen la infraestructura para absorber un volumen de ventas tan alto”, admitió. El afianzamiento del sector también exigirá, subrayó, una regulación acorde, “sin grises irresueltos respecto del personal de logística, como los repartidores de Glovo, Rappi o PedidosYa. La postura de la Cámara es ayudar a que realicen el servicio en un marco regulatorio acordado”.

El del empleo no es un tema menor para Eduardo Sebriano, docente de la Universidad Di Tella y experto en conocimiento del consumidor y tendencias de consumo masivo: “Con la tendencia al teletrabajo o home-office, hay una mayor fragmentación en la vida de la gente. Ya no se trabaja ocho horas sino que un rato trabajás, otro rato hacés sociales; otro, estudiás o atendés a los chicos. Las rutinas están quebradas y las que más lo padecen son las mujeres porque, por la estructura patriarcal aún en pie, el cuidado de las personas mayores y niños recae mucho sobre ellas”. Nada de esto es nuevo: “La flexibilización de roles ya estaba presente y ahora se acelera. La incertidumbre hace que, para sobrevivir, tengas que estar aprendiendo todo el tiempo, lo que nos fragmenta cada vez más”. Para Sebriano, está en juego el grado de plasticidad individual.

Pero esa capacidad se ve jaqueada (o estimulada, según como se lo mire) por un devenir ineludible que se profundiza a cada minuto: la automatización. Según Sebriano, “quedará en manos de los Estados generar políticas para contener a las personas, luego de que desaparezcan miles de puestos de trabajo”.

El teletrabajo o home office tiene sus ventajas, pero también puntos en contra, en especial si no se cuenta con un espacio separado de la familia. Foto: Martín Bonetto

¿Qué tiene que ver el coronavirus con la automatización, es decir, con la mayor aplicación de la inteligencia artificial para la realización de todo? “La automatización de los procesos crece desde hace años, pero su avance depende de la capacidad de la sociedad para absorberla. El coronavirus está generando los mercados adecuados para que se produzca ese avance”, responde. Y trae un ejemplo: “En los hogares, muchos que en otro momento hubieran insistido para que un telemarketer los atienda, en la cuarentena aprendieron a lidiar con los canales virtuales. Estamos más dispuestos a interactuar con la tecnología porque no nos quedó otra. La pandemia aceleró nuestra asimilación de la robótica y la automatización”.

Para las empresas, estos cambios tienen un costo que Sebriano desglosó en tres niveles de planificación: “Por un lado, hoy se preguntan qué hacer para sobrevivir. Me refiero a rubros afectados por el aislamiento: negocios a la calle, servicios casa a casa, organización de eventos… Todos se preguntan cómo mantener los clientes, cobrar las deudas que no les pagaron y pagar las suyas. El segundo momento es pensar tácticamente: qué puedo reconvertir de mi negocio para generar ventas en el mediano plazo. Los más castigados son los gastronómicos​. Charlando con una compañía de comida les decía que tenían que pensar soluciones. Por ejemplo, combos familiares. La gente está otra vez ‘en la cueva’ y si antes cada miembro de la familia comía por la suya, ahora lo hacen juntos. Así que en lugar de pedir dos pizzas por 1.000 pesos deberían poder pedir comida para todos por 800″.

Restaurantes cerrados por la cuarentena atienden solo delivery. Foto: Rafael Mario Quinteros

Para Sebriano, ése sería un cambio táctico que a la larga quedaría instalado porque “hay una reformulación de la ruta del mercado: cómo llegar a la gente y en qué formato”. Y a la urgencia y a la táctica le sigue una estrategia: “Cada empresa tiene que tener una teoría de qué va a pasar en los próximos dos o tres años, en qué va a estar el consumidor entonces. Está el dicho de que ‘crisis es oportunidad’, pero uno tiene que estar preparado para tomarla”.

La relación es simbiótica: el consumo cultural hogareño nos está “salvando” del aislamiento, al tiempo que la cuarentena acelera cambios importantes en los pilares del entretenimiento, tal como lo veníamos concibiendo. La pregunta que muchos se hacen es si estos cambios se asentarán. 

La transformación más grande se está dando en la industria audiovisual. Era un mercado que atravesaba una transición, con el debut de plataformas de streaming ​potentes (Disney+ y HBO Max, que se sumaron a las expansiones de Amazon Prime, Pluto TV, Peacock, Quibi y Apple TV) enfocadas en quitarle una porción de la torta al gigante Netflix​.

Según un informe de la consultora Bloomberg, Netflix ganó 16 millones de suscriptores y Disney+ consiguió 28 millones de nuevos clientes desde diciembre de 2019, con los primeros casos de coronavirus. También se agudizó la lucha entre la industria cinematográfica y el video a demanda (VOD). Un gran estudio, Universal, desató una guerra con las cadenas de exhibidores al estrenar “Trolls: World Tour” en modo on demand y ofrecer de ese modo otras películas que estuvieron poco en cartel por la pandemia (“El hombre invisible” y “La cacería”, entre otras). Así se quebró el rígido sistema de “ventanas de distribución”, que estipulaba tres meses entre la exhibición en salas y la llegada de los filmes a los hogares.

En Londres, una nena mira televisión en plena cuarentena por el coronavirus. /EFE

Considerando que otros estrenos no pasarán por la pantalla grande, ¿se revertirá esta política una vez que el Covid-19 quede atrás? Difícil saberlo. Si el público se acostumbra a alquilar películas en casa, tal vez se geste una simultaneidad entre los estrenos hogareños y los de sala.

Los autocines son otro fenómeno curioso. Al ser la única alternativa sanitariamente segura para ver películas en pantalla grande, están teniendo un llamativo auge en Estados Unidos y Europa. En Punta del Este ya se inauguró uno y en estos días se abrían dos en Montevideo. Según Nicolás Batlle, vicepresidente del INCAA, en Argentina “van a volver con mucha fuerza”.

En abril, dos jóvenes mirando el evento musical por streaming “One World Together at home”. /EFE

Entre los perdedores de la pandemia está la TV de aire en vivo, una actividad signada por estudios semivacíos y sin público. Se multiplican los programas de panelistas con invitados por videollamada y en Argentina priman los enlatados y las repeticiones de viejos éxitos.

En el mundo del teatro, el aislamiento impulsó la oferta online de obras filmadas, tanto en teatros oficiales como en salas privadas, grandes y chicas. En muchos espacios se habilita una “gorra virtual” para que los espectadores hagan una contribución.  Además se pueden ver estrenos por streaming en tiempo real, como el unipersonal Una, de Timbre 4, interpretado por Miriam Odorico desde el living de su casa. Otros buenos ejemplos de teatros porteños que ofrecieron “salas virtuales” son Microteatro y Teatro Bombón.

Claro que estas experiencias se contradicen con lo más esencial del teatro: ese instante vivo, único y fugaz que sucede frente al espectador y no se repite. Y está el tema económico. Porque, ¿alguien pagará para ver una obra de teatro en el living de su casa?

The Rolling Stones, en formato de videoconferencia, en el marco del evento musical “One World: Together At Home” /EFE.

Algo similar pasa con la música, con los conciertos en vivo con transmisión por streaming, que ya eran una realidad en crecimiento, a mitad de camino entre la grabación en estudio y el vivo. Si bien el coronavirus provocó una explosión de transmisiones que mantienen al artista en contacto con su público, esto no compensa económicamente su trabajo.

Así, si este formato llegó para quedarse, dependerá de cuán distante esté el regreso de los shows presenciales y, sobre todo, del surgimiento de alguna modalidad efectiva para que los artistas obtengan ganancias con el formato online.

Cuarentena y educación son un matrimonio forzado. A casi tres meses del aislamiento obligatorio, la convivencia de esta pareja es, para muchos, tan insostenible como inevitable. ¿Qué quedará de este ensayo -a veces errático, a veces logrado- de aula virtual

De la experiencia fallida y de aquella salida de la satisfacción salen opiniones contrapuestas: de un lado se considera a la educación online como una desgracia; una patética exposición de la argentinidad, signada por el eterno atraso (sin planificación a la vista) en materia educativa. Del otro, como una “oportunidad” que dejará buenos frutos. 

Con ayuda de su papá, una nena mendocina hace tarea de la escuela en el hogar. Foto: Mariana Villa / Los Andes

Mientras esta cronista escribe estas líneas, una alumna de 14 años de un secundario de renombre irrumpe en el living (en su eterno piyama de cuarentena), indignada, cuestionando la relevancia de la tarea que le mandaron (“¡Y que nadie corrige!”), quejándose por las diferencias entre las materias. Los contrastes entre los profesores “duchos” con la tecnología y aquellos que no dominan más que el correo electrónico son demasiados.

En el medio cae el bombardeo diario del chat de padres de primaria de la otra nena de la casa. Un par de veces por semana, niños, padres y docentes empujan el carro colectivo para concretar que el grado se reúna por videoconferencia, lo que se complica por computadoras faltantes o rotas, micrófonos que fallan o el insistente “no me llegó el ID, ma”. Hay quienes preguntan si entregar la tarea a mano, sacándole fotos a las hojas o si resignarse a la muerte definitiva de la manuscritura. Los docentes hacen malabares en sus casas, con su caos familiar y una conectividad que suele fallar. El coronavirus es una pesadilla.

Y, no importa el estrato educativo, parece clarísimo que nadie quiere admitir lo obvio: que este es un ciclo lectivo perdido.

Apuntes y grupo de whatsapp abierto, en un momento de estudio a distancia por la cuarentena. Foto, Shutterstock.

Mariana Luzzi, socióloga, investigadora Conicet-UNGS, se sumó desde su rol de docente universitaria: “Lo común en este momento es la tensión: no todos los docentes ni todos los alumnos tienen computadora nueva, ni conexión o un espacio que no compartan con el resto de su familia. Lo que se aceleró con la pandemia es la evidencia de las posibilidades reales de los actores de la educación para, de un día para el otro, trabajar en forma virtual”.

Esas posibilidades son escasas, señaló Federico Lorenz, historiador y docente de esa materia en el Colegio Nacional de Buenos Aires: “Ante la falta y la preparación inadecuada de los recursos para enseñar en modo virtual, la primera respuesta del sistema es una suerte de sobreexplotación de los niños, de sus entornos familiares y de los docentes. Más horas trabajando para un trabajo que no estás preparado para hacer, cuyos resultados desconocés. Sí, hay que mantener el vínculo pedagógico porque no podemos dejarlos solos, pero la primera respuesta del sistema es una mayor demanda”.

Distinta es la visión de Eduardo Zimmermann, profesor y director del programa del posgrado en Historia de la Universidad de San Andrés: “No me animo a hablar a la fractura de acceso por este paso que se está dando. Más bien conectaría el tema del aislamiento con una creciente integración por la cuarentena”.

En esta foto tomada en Barcelona, España, una estudiante participa (con elementos informáticos “ideales”) de una clase virtual. /Reuters

Según Zimmermann, “es posible tener más afinidad para conectar con colegas, realizar actividades académicas conjuntas, lo que hace que los alumnos se puedan conectar con algunos de los mayores expertos a través de plataformas de videoconferencia. El otro día hubo un congreso virtual con 3.500 asistentes… son cosas que nos hubieran parecido inimaginables en otro momento y que permiten integrar antes que aislar”. Y apuntó: “Creo que es un salto cualitativo que ya estaba en proceso. El elemento exógeno de la pandemia nos ha permitido sacarle el jugo a esto”.

Luzzi matizó: “Pareciera que, por un lado, la pandemia puso blanco sobre negro en cuanto al acceso desigual a la conectividad y cuán importante es esa conexión para llevar adelante una carrera universitaria. Por el otro, a los docentes nos llevó a explorar otros lenguajes. Nos hizo repensar nuestros elementos de enseñanza”. Todo esto, cree, “debería generar cambios importantes a futuro”.

Desde ya, dijeron los tres consultados, el aula virtual es imperfecta porque falta el lenguaje corporal: entender en la cara de los alumnos si comprenden, si dudan o se aburren, y entonces reformular.

Pero el juego es así, concluyó Lorenz: “Vendrá una nueva normalidad, como ocurrió luego de otros momentos de shock en la historia. Ahora hay una agudización de las contradicciones. La incertidumbre es grande y la pregunta es qué vamos a hacer después”.

En febrero de 2019 Clarín publicó una nota sobre el crecimiento de la telemedicina​ en el país, a raíz de un comunicado de entidades de médicos que rechazaba lo que podría entenderse como una “mala aplicación” de la telemedicina. Las posturas “a favor” y “en contra” estaban planteadas, pero había grises que en el contexto de la pandemia de coronavirus cobran especial protagonismo.

La pandemia incrementó el uso de la telemedicina en el país, lo que representa un desafío legal para el sector. / Shutterstock

Los reparos venían de la mano de un debate (para nada resuelto en la Argentina) sobre la falta de regulación en la materia. “Aunque hay un proyecto de ley de Salud Digital en el Senado, todavía debe legislarse, de modo que se garanticen los procesos adecuados”, recordó ahora Roberto Debbag, infectólogo pediatra del Hospital Garrahan, institución pionera por su programa de telemedicina, que achica las distancias (con asesorías e interconsultas) entre el hospital pediátrico de referencia y varias instituciones provinciales.

Por fuera de esa institución, para la mayoría de los centros de salud del país la telemedicina es una meta hacia la que hoy están teniendo que ir a los ponchazos. Algunas instituciones se pusieron a la altura de esta necesidad, pero en otras, el seguimiento de los pacientes es rudimentario y depende de estoicos médicos atajando penales con su smartphone.

La telemedicina permite obtener un diagnóstico médico, mantener en curso un tratamiento y evitar la automedicación.

Damián Zopatti, médico clínico y director de Estadísticas del Hospital de Clínicas, sumó un tema que de tan elemental parece trivial: ¿cómo cotiza, o sea, qué honorarios corresponden al médico que responde un WhatsApp del paciente en medio de la cena?

El coronavirus no está dejando margen para responder esas preguntas. Lo saben bien instituciones privadas de la salud, como el Alexander Fleming, que incursionó en las teleconsultas en abril, cuando el 18% de las consultas de sus pacientes oncológicos fueron online, y ya en mayo vieron una duplicación de ese porcentaje. O prepagas como Swiss Medical, donde el incremento de los servicios de telemedicina fue del 1.400% entre febrero y abril.

“No sé de cifras, pero en lo personal multipliqué por diez o veinte el uso del teléfono para hablar, chatear o hacer videollamadas con pacientes, y para armar reuniones con colegas y avanzar sobre casos que nos generaban dudas”, apuntó Zopatti.

“Que la telemedicina se está acelerando en la era Covid, no cabe ninguna duda, aunque en el país todavía está muy verde. Pero no hablamos sólo de telemedicina sino de salud digital en general”, reforzó Debbag. Precisamente, uno de los desafíos más grandes es la implementación de un registro de firmas digitales encriptadas de los médicos para la confección de recetas digitales válidas, un reclamo en el que insisten hace años los farmacéuticos.

Una operadora de un servicio de telemedicina en la zona de Tigre.

Debbag recordó que “la salud digital involucra desde apps de atención remota, recetas y prescripciones digitales hasta compartir datos e historias clínicas de los pacientes entre instituciones, en forma remota. Es decir, son las TIC (tecnologías de la información y la comunicación) en función de la salud”.

Según contó Zopatti, en el Clínicas la gran “TIC” es el teléfono: “El Hospital de Clínicas tiene un área de telemedicina que sigue los casos de coronavirus dados de alta. Pero también se usa el teléfono para hablar con pacientes dentro del hospital. Es que, si llega un caso sospechoso de Covid, lo aislamos y le pedimos su número. Luego, de afuera de la habitación, el médico le hace un interrogatorio. Están al lado, pero de este modo el especialista evita usar los elementos de protección hasta tener más claro el caso. Es un ahorro de dinero y de tiempo enorme”.

Nadie mejor que Luis Rodríguez para dar cuenta del alcance de un recurso tan simple como una videollamada. Es psicólogo, vive en San Martín de los Andes y hace 14 años fundó Puentes de Luz, organización civil con un centro de día para personas (jóvenes y adultas) con discapacidad intelectual: “La cuarentena generó un estado de shock. Nos resultaba incierto cómo sostener el vínculo con los 60 concurrentes”.

“Pero entendimos que podíamos ser creativos e innovar, y que la tecnología ​podía ser una herramienta cotidiana. Nadie debía quedarse afuera y por eso estamos en campaña para conseguir seis computadoras, cuatro celulares y cinco conexiones de internet”, detalló.

Según Rodríguez, “para las personas con discapacidad, este puede ser un tiempo de oportunidades. Están más tiempo con su familia y eso da el espacio para que aprendan cosas de la casa. Y, al mismo tiempo, dominar herramientas como el WhatsApp o los audios, si no dominan la lectoescritura, las redes sociales y las videollamadas. Teníamos todo esto, pero no lo valorábamos”. 

La matriz que permite que millones de personas estén comandando su vida desde un smartphone o una computadora es la tecnología informática​. Eso sí: no es gratuito beber el elixir embriagador de estas herramientas. Cuánto habrá que ceder, depende de quién digita la implementación social de estos recursos a medida que se desarrollan y para qué.

De esto opinó Sebastián Stranieri, CEO de VU Security, empresa especializada seguridad informátic​aClarín le consultó por la desesperación que genera exponer inevitablemente y cada vez más nuestra identidad digital: ocurre a cada minuto cuando aceptamos los “términos y condiciones de”. Y llega al punto de que, resignados, accedamos a que los más chicos de casa, en el tedio de la cuarentena, tomen la clase de inglés o “se junten” con amigos a través de una plataforma como Zoom, duramente cuestionada por su entorno endeble.

A ese sinsabor se suma saber que, en este contexto, a muchos les empieza a parecer no tan despreciable o directamente “piola” eso de que los gobiernos sepan todo de nosotros. El “yo” reducido a código QR.

La aplicación CuidAR generó polémica por la información de los usuarios a disposición del Gobierno. Foto: Nicolás Rios

“Por un lado mi cabeza tecnológica me dice que sí: la tecnología nos viene a ayudar a salir de esto. En varios países asiáticos la tecnología fue muy eficaz, con iniciativas como el pasaporte sanitario con código QR, donde están tus datos personales, tus movimientos, antecedentes de salud… Así, el personal puede validar o no tus movimientos”, explicó Stranieri.

Si todo fuera comandado de un modo razonable, serían herramientas útiles, opinó: “Digamos que estás en Boedo, barrio sin infectados, y te vas a Caballito, que sí tiene. Esto quedaría trackeado en el sistema. Si estuviste con un infectado, la próxima vez no salís de tu barrio”.

El problema está en la llamada “brecha de seguridad“, es decir, “para qué más se va a usar toda esa información. En este sentido, en Argentina sería elemental actualizar la ley de Protección de Datos Personales”.

Corea del Sur, uno de los países donde se tomaron medidas de control sanitario por el coronavirus a través del monitoreo informático. /Reuters

Una solución, evaluó Stranieri, sería desarrollar modelos que garanticen el anonimato de los datos manejados: “Apple y Google están con emprendimientos de este tipo. Van a sacar paquetes de software para integrar como aplicación móvil. Pero los datos van a ser anónimos. O sea, la idea es identificar comportamientos. Así, si estuve con alguien infectado, la app me avisa para que yo tome los recaudos pertinentes, pero no me dice quién es la persona”. Como el peligro es que esta información almacenada llegue a manos equivocadas, “en un mundo ideal, el único organismo que debería llevar adelante modelos así es el gobierno”, afirmó.

¿Argentina tiene las condiciones para implementar sistemas de este tipo? “Junto con Corea del Sur, India, Estonia y alguno más, estamos entre los pocos países del mundo que tienen un sistema de identificación digital fuerte, con reconocimiento facial y huella digital. Con mi empresa hicimos la implementación para el Ministerio del Interior y está funcionando desde 2018. Hoy, cualquier banco que abre cuentas con una selfie o la entrega del Ingreso Familiar de Emergencia (IFE) usan ese servicio. Permite chequear que la persona sea quien dice ser, pero no está todo lo maduro y usado que podría”, apuntó.

Las denuncias de estafas digitales aumentaron un 500% en medio de la pandemia. Foto: Juan Manuel Foglia

La contraparte de todos estos avances es que el coronavirus hizo que muy rápidamente “abriéramos los ojos sobre lo atrasados que estamos en el acceso a internet, servicio que debería ser declarado libre y público a nivel mundial”, y también en materia de seguridad informática: “En estos últimos tres meses recibimos de nuestros clientes -bancos, financieras, sitios de retail- un 500% más de denuncias de amenazas y estafas digitales. Los datos coinciden con los de la Unidad Fiscal de Ciberdelincuencia. El ladrón que robaba en un cajero ahora se mueve a lo digital”.

Así y todo, concluyó: “Cuando esto termine, nunca más vas a querer ir a la oficina de tu compañía de internet para hacer un trámite en persona. Vas a hacer la gestión por teléfono u online, te toque un bot bueno o te toque un bot malo”.

Colaboró: sección Spot

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