Alejandro Borensztein inauguró los Diálogos Clarín: recuerdos de Tato y la escritura como lección

Fue la pregunta de Viviana, de Banfield, la que disparó un recuerdo. La que tiñó la charla de un halo de “vermú, papas fritas y Good Show”. La lectora interrogó y quebró el clima. “¿Qué diría Tato en el monólogo del domingo en este contexto?”.Alejandro Borensztein​, su hijo, respiró como disimulando la catarata de imágenes…

Fue la pregunta de Viviana, de Banfield, la que disparó un recuerdo. La que tiñó la charla de un halo de “vermú, papas fritas y Good Show”. La lectora interrogó y quebró el clima. “¿Qué diría Tato en el monólogo del domingo en este contexto?”.

Alejandro Borensztein​, su hijo, respiró como disimulando la catarata de imágenes mentales a dos mil por hora, la jueza Baru Budu Budia a la cabeza y el arqueólogo Helmut Strasse intentando explicar un extinguido país llamado Argentina. 

“Yo estoy seguro lo que diría mi papá, lo que pensaría. No tengo ninguna duda. Porque fui criado por él, nos ha formado a mis hermanos y a mí, sé cuáles eran sus ideas, sus valores, sus principios. Pero si yo dijera lo que diría él hoy, estaría cometiendo un error que él no me permitiría cometer. Es decir algo cuando él ya no está y no tiene posibilidad de agregar o refutar”.

Borensztein inauguró Diálogos Clarín, el ciclo exclusivo para suscriptores que comenzó este jueves 28, en el que fue entrevistado por Fernando Gonzalez, periodista del diario, y además respondió preguntas de los lectores. El arquitecto más leído de la Argentina habló de Alberto Fernández, de Cristina Kirchner, de Mauricio Macri​, pero también del proceso de escritura, de palabras sueltas, como Groenlandia, que disparan una idea que termina en columna viral. El ejercicio de las metáforas encontradas a la vuelta de la esquina: del traje de Alfonsín a una rotisería de barrio.

“¿Qué sentís cuando los videos de tu viejo se viralizan para las situaciones actuales?”, interrogó desde su casa Diego Flores, otro lector al que González dio voz. Tato, otra vez, colándose, a más de 8.900 días de ausencia (o 24 años de presencia eterna).

“Hoy me llegó uno notable, de 1962”, contó Alejandro, columnista del diario desde hace 13 años. El video hacía referencia al dólar, karma ya desde otras vidas argentinas. Decía Tato entonces que se pagaba “70 u 80” y que íbamos a terminar pagándolo “135 y 200”. “Parece mentira la coincidencia de la cifra. En el fondo lo que retrata la repetición de los textos y secuencias del viejo es que hemos sido incapaces de modificar nuestra realidad”, reflexionó Alejandro. “No terminamos de salir de nuestros mismos problemas de siempre”.

La génesis del mote “tío” Alberto, sus impresiones sobre la cuarentena, la posibilidad de una definición del torneo que consagre al “pelotudo del año” que impulsó, con armado de grupos y eliminatorias. Borensztein paseaba por tópicos y los lectores -esta vez espectadores en la pantalla- iban descubriendo otras capas: ¿En qué momento a ese hombre con un Master de Arquitectura de la Universidad de Columbia se le impregnó con más fuerza la vocación de las letras? “Escribir fue una gran lección”, confesó.

“En la arquitectura yo me formé, hice todos los pasos que correspondían a la carrera. El posgrado, trabajar en un lugar, luego trabajar en otro más importante, después trabajar afuera, formar mi estudio. Fui haciendo todo el caminito. Con la tele esquivé mucho y fuimos a jugar en primera división con la 9 de Boca de entrada en la espalda. Pero eso, también, fue muy planificado. En cambio, escribir no lo planifiqué en lo más mínimo”, admitió. “Esas cosas que te salen sin haberlas planificado. Para mí, que soy muy esquemático y ordenadito, fue una gran lección de la vida. A veces abrís una puerta que no pensás. Lo hacés relajadamente fuera de tu esquema y sale mejor que todo lo otro”.

Con sus columnas dominicales, Alejandro aprendió que el trabajo de una semana puede terminar en la basura. Una noticia de sábado puede aniquilar horas de escritura semanales y demandar un foco nuevo y rapidez de reflejo para construir. Casi un metier de arquitectura, en el que hay que aprender a desechar planos y croquis para edificar otra cosa. Lo contó desde su living, mientras varios curiosos preguntaban si existe relación entre humor y militancia, o si alguna vez lo tentaron con ofrecimientos de cargos políticos.  

El que creció escuchando de cerca frases como “orejones del tarro”“Magoya, Montoto y Serrucho” aclaró que lo suyo no es el periodismo. “Yo soy un lector de diarios. Me informo de lo que grandes periodistas de este país investigan, estudian y escriben. Y después hago lo mío”.

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