Canciones para un mundo fantasmagórico: de The Specials a The Rolling Stones

Medio siglo atrás, en Gimme Shelter (Dame refugio, 1969), los Rolling Stones conseguían algo más que encerrar el zeitgest de ese año en el que el sueño hippie comenzaba a derrumbarse en sus propias narices, como un oximoron de espejo roto astillado en su show en Altamont, el reverso oscuro del celebrado Woodstock, apenas tres…

Canciones para un mundo fantasmagórico: de The Specials a The Rolling Stones

Medio siglo atrás, en Gimme Shelter (Dame refugio, 1969), los Rolling Stones conseguían algo más que encerrar el zeitgest de ese año en el que el sueño hippie comenzaba a derrumbarse en sus propias narices, como un oximoron de espejo roto astillado en su show en Altamont, el reverso oscuro del celebrado Woodstock, apenas tres meses después: aquello fue tan contrastante como la visión/ficción que el año pasado Quentin Tarantino le confirió a los crímenes del Clan Manson (la otra gran estaca en el corazón de la generación de la paz y el amor de aquel año) en la película Érase una vez…en Hollywood.

Parafraseando al tema de Jagger & Richards, la guerra y el amor estaban (siguen estando) a un disparo o un beso de distancia, y Gimme Shelter no sólo tenía eso para decir. Su cómo era el tejido de guitarras introductorio de Keith Richards, nunca desmentido como una posible analogía a la primera sensación de un shot de heroína, la voz de Jagger desperezándose en un horizonte de humo, sangre, sudor, sexo y muerte, el coro desgarrador de Merry Clayton, todo compactado como una película sonora de cuatro minutos y medio de duración. Si no, que le pregunten a Martin Scorsese por qué no deja de usarla para engrandecer algunas de sus escenas.

Dicho todo esto, algo más: las parabólicas de los Stones, por entonces, estaban abiertas en toda su amplitud, y sería necio comparar aquel himno con la flamante, reciente, oportuna y actual Living in a Ghost Town. Aquello era un océano perceptivo de muchachos en sus veintipico, y esto es como un live de Instagram de señores de 75 años que se jactan de estar vivos tanto como debe sentirse cualquier habitante del planeta en estos momentos. Su gracia radica en haber acertado en la postal urbana, impensada, hace unos meses acá, cuando la grabaron de cara a un próximo disco.

El tiempo dirá cómo sobreviven las canciones que, con intenciones irreprochables, muchos músicos en el mundo están aportando con el afán de sostener un ánimo colectivo. Por primera vez en la historia, más allá de su distribución y amplificación, el consuelo del arte emitido pretende ser global y no hay bandos por los que cinchar. Parece haber quedado suspendido hasta nuevo aviso, otra cuarentena, el ideal de una expresión artística que alguna vez se plasmó en las paredes de París en mayo del ’68: “El arte debe ser una acción, no una reacción”. Para el caso, más interesante resulta esta vez el estreno de Pet Shop Boys, I Don’t Wanna, que se ocupa del aislamiento voluntario de un adolescente tímido, una historia singular de la pre pandemia. Neil Tennant continúa siendo un Balzac de carencias y hedonismos juveniles en sus infalibles viñetas pop, aquí hasta reduciendo el guión casi como un guiño lírico a los Ramones.

Living in a Ghost Town, sin embargo, dialoga con una impostergable viñeta de la música popular contemporánea. Ghost Town, por The Specials, fue en 1981 el Tema del Año según los semanarios ingleses NME, Melody Maker y Sounds, en tiempos en que la prensa rockera tenía la entidad de las Tablas de la Ley para cientos de miles de consumidores. Los móviles creativos del grupo ska inglés eran los mismos que los de sus conciudadanos aquel mismo año en que el gobierno de Margaret Thatcher se desbarrancaba, aunque meses después el sangriento e irracional bochorno de los militares argentinos le darían una razón para resarcirse en las urnas. Pero para entonces, desindustrialización, desempleo, violencia suburbana, racismo y decaimiento de la fachada urbana, eran los motivos de una nación en horas bajas.

Sobre una base de reggae espectral, y vientos que parecen extraídos de la película Lawrence de Arabia, las voces se agolpan en una especie de lamento. “¿Te acordás de los buenos viejos tiempos antes del pueblo fantasma?”, cantan dentro de un auto paseando por una Londres vacía, mientras la arquitectura los hunde y aplasta. En el coche, se amuchan negros y blancos, la coherencia interracial de una banda acertando en la tecla sonora de su tiempo.

E.S.

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