Mundos íntimos. Tiemblo si se habla de flexibilizar la cuarentena: siempre nómade, ahora me siento feliz en casa, no quiero salir

Hace cuarenta días yo era una nómade corredora que viajaba mucho. Volaba todas las semanas. Vivía entre dos ciudades: la mía, Buenos Aires, donde están mi casa y mis hijos, y Mar del Plata, la de mi pareja, donde están él, sus hijos y mi trabajo como docente en la UNMDP. Entre estos traslados, más…

Mundos íntimos. Tiemblo si se habla de flexibilizar la cuarentena: siempre nómade, ahora me siento feliz en casa, no quiero salir

Hace cuarenta días yo era una nómade corredora que viajaba mucho. Volaba todas las semanas. Vivía entre dos ciudades: la mía, Buenos Aires, donde están mi casa y mis hijos, y Mar del Plata, la de mi pareja, donde están él, sus hijos y mi trabajo como docente en la UNMDP. Entre estos traslados, más otros que exigía mi trabajo como escritora, en los tres meses previos a la cuarentena recorrí cerca de 20 mil kilómetros. No paraba jamás. Amaba mi vida nómade.

Creo que ya no. Sospecho que no volveré a ser la que era. Muté, me creció otra yo. Al reparo de este útero-hogar, en el caldo del encierro maduró en mí una sedentaria desconocida. Todo lo que iba hacia afuera de golpe tracciona hacia adentro. Las ondas expansivas de la tragedia global liberaron a una ermitaña que estaba muy escondida, amordazada supongo, porque no se había hecho notar jamás. Tiemblo cada vez que leo sobre una posible flexibilización de la cuarentena. Me pregunto cómo haré para emerger de este hueco tibio, confortable, solitario.

Limpieza. Nunca creyó que iba a disfrutar dejando todo impecable.

El inicio de la cuarentena me agarró de este lado del océano/autovía. Mi pareja estaba aquí en Buenos Aires, su visita habitual de fin de semana se extendió por tres semanas. Él es médico, los consultorios en los que atiende habían cerrado, sus hijos estaban con la madre, ese primer tiempo lo dedicó a hacer consultas remotas desde casa. Pero finalmente tuvo que volver a Mar del Plata.

El día que se fue lo espié desde el balcón. No bajé a despedirlo. Vi como acomodaba sus cosas en el baúl, encendía el auto y se alejaba por la avenida silenciosa, puro sol y asfalto. Un vacío nuevo se apoderó de mi. Decidí que esta vez reduciría nuestra comunicación remota a la mínima expresión. No me estaba alejando de él, es simplemente que ya no podía ser la que era. Por lo menos no por ahora. No estaría pudiendo concebir una vida fuera de mi cueva. Como negar el fuera de campo. Nuestro amor siempre fue así, él vuelve cuando yo voy. Jamás podremos desplazarnos juntos en el mismo sentido, pero nunca lo había visto salir de cuadro de este modo. Capaz que en esta nueva era no puedo vivir con lo que no late a mi lado.

Distancia. Bibiana en la compu de su editora: teletrabajo.

La soledad completa duró poco, mis hijos volvieron de la casa de su padre a la mañana siguiente. La calesita en la que vivían antes de todo esto todavía marca sus ritmos, pero esta nueva sedentaria que escribe aprendió a incorporar a los miembros de la casa con la misma rapidez con la que despide.

Recuerdo un juego infantil que se asemeja a esto. Los días de lluvia, siempre llueve en los buenos recuerdos, mamá nos dejaba jugar a “la casita” poníamos una sábana grande sobre la mesa del comedor, la tela llegaba hasta el suelo, y nosotros vivíamos ahí adentro, donde se podía contar secretos. Así se siente la llegada de mis hijos. Levanto la sábana para que entren y se cobijen rápido conmigo. Tenemos muchos secretos para compartir.

El fin de semana pasa; mi hijo y yo ordenamos un placard y sin pensarlo permití que guardara mis valijas. No viajaré por largo tiempo. Se siente raro pero cómodo. No tuve que decidirlo, acato la orden. Debo quedarme encerrada en casa, qué suerte. Por supuesto que lo afirmo con la petulancia de quien tiene una comodidad básica. Vivo en un departamento chico pero confortable, con una habitación para cada uno de mis hijos, dos baños, agua corriente potable, y balcón a la calle. Un útero de setenta metros cuadrados que late a nuestro mismo ritmo.

La primera mutación, esos primeros días, fue externa. El primer piso a la avenida suele ser atronador. Mi tiempo porteño siempre había sido a ventana cerrada para evitar el ruido. Pero la avenida se ha detenido. Ahora las ventanas están abiertas todo el día y la noche también, si lo permite el fresco otoñal. Cuando llueve corremos al balcón a ver caer la lluvia sobre el asfalto, fascinados de estar al cubierto, secos, indemnes bajo nuestra sábana. Milagrosamente ilesos en medio de la tragedia. Sacamos una vieja bicicleta fija en desuso, y gasto allí la energía sobrante, escuchando un audiolibro, mirando la ciudad vacía. Este nuevo orden exige sus rutinas: la bicicleta es al atardecer, con el sol cayendo en el árbol amarillo de la vereda de enfrente.

Ayer, mientras me bañaba tras la rutina de ejercicio, después del día de trabajo con reuniones académicas virtuales y clínicas de escritura, recordé que antes de todo esto yo había estado escribiendo sobre una mujer que se encerraba en una torre. Una repentina agorafobia la atacaba tras años de viajes incesantes.

Sorpresa, la sedentaria había estado pidiendo clemencia desde mucho antes de que yo la escuchara. Me prometí que en algún momento volvería a ese texto abandonado. No ahora, no me presiono. Por estos días no me animo a indagar en la oscuridad. Trabajo cómoda en una audioserie original para la plataforma “Storytel” y en la adaptación de una historieta a formato audible. Continúo los talleres de escritura, doy clases virtuales vía Zoom a 80 alumnos marplatenses de Comunicación audiovisual. Parece que me muevo mucho pero no, por fin me he detenido.

La pandemia (o el miedo) me paralizaron. Un freno en seco que me revolvió hasta las entrañas, todavía puedo sentir el ruido de alguna pieza suelta, de algo que se ha roto en mi interior. Yo no volveré nunca más a ser la misma. Pero me ilusiona pensar que la sobreviviente que vuelva correr por el parque tampoco deseará ser la que ha sido. Sospecho que éramos muchos los que necesitábamos que alguien resolviera un cambio por decreto. Paradójico recreo. Sonó la campana.

Me endeudo, no alcanza el dinero. No te preocupes. Las economías del mundo entero están quebrando, mi pequeño tsunami doméstico no es nada. No podré volar a presentar mi libro en la Feria del libro de Bogotá, la aerolínea canceló el vuelo, tal vez con suerte me devuelvan el dinero, por ahora ni atienden el teléfono. Tampoco tiene importancia, el mundo se ha detenido. La Feria del libro de Madrid se realizará en octubre en lugar de en mayo, ya veré qué hago. Falta mucho tiempo para octubre, el mundo ha dejado de girar, tranquila.

¿Cuántas veces he dicho paren el mundo que me quiero bajar? O “alguien que me pare, por favor, que yo no puedo”. Alguien lo ha hecho. Una orden sorprendente que todos cumplimos. Leo en los diarios que el acatamiento es alto. En un país dividido por una grieta profunda no hay oposición que se oponga a esta orden. Es por miedo, sí. Hemos tenido la suerte de que el virus llegue más tarde, las mínimas ventajas de vivir aquí abajo, tan lejos del mundo. Todos vemos lo que está pasando allá donde las papas queman, conocemos la distopía, Hollywood la recreó cientos de veces y nosotros la acompañamos con pochoclos. Es el fin del mundo tal como lo conocíamos. ¿Y eso es malo? ¿Acaso nos gustaba cómo era? Hay un ser atávico que ruge de felicidad en mi interior, que apuesta al orden del caos, a soltar el timón, dejar de hacer fuerza y entregarse a lo que sea.

Cultores de la vida en el balcón, estos días nos armamos un rincón mexicano con los recuerdos de mi último viaje, que aún dormían dentro de su bolsa de embalaje. Algunas noches lo aprovecho para escribir algo de poesía. Aprendo que no importa si se me pianta un lagrimón. Me revuelco en ese magma oscuro, me animo a sumergirme profundo, alguien ha liberado a todos los fantasmas que habitan debajo de las camas. Lo peor ya ha sucedido. Relax.

Mi pequeño departamento es un útero luminoso. A media mañana los chicos se despiertan, desayunan y cada uno a su escritorio a cumplir con las obligaciones remotas que les plantean sus centros de estudio. Hay veces en las que en medio de una devolución a uno de mis alumnos, entra a mi cuarto alguno de mis hijos a quejarse de sus docentes distantes. Imagino un eco, la casa de ese otro alumno al que le estaba escribiendo yo vía Google Classroom, con una mamá trabajando en su escritorio y recibiendo el mismo comentario sobre mi pobre desempeño virtual. Cocinar, almorzar, lavar los platos, higienizar la casa, volver a escribir. No hay sobresaltos, el mundo se incendia, de qué podemos quejarnos.

El futuro parece haber perdido la compulsa.

El pasado triunfador resucita entre las cenizas. ¿Dónde estaban escondidos todos estos recuerdos? Ordeno las fotos antiguas que apenas me atrevía a mirar. Mi principal sostén remoto no son mis amigos de siempre sino los de antes. Al inicio de la cuarentena, un compañero de la escuela primaria me incluyó en un nuevo grupo de WhatsApp: Almafuerte79. El nombre de nuestra escuela primaria y el año en que egresamos de séptimo grado. Lo fue armando pacientemente, rastreando a cada uno, convenciéndonos de abandonar nuestras fobias, limando nuestras diferencias. La mitad de las veces yo no sabía, no lograba recordar siquiera quién era el nuevo incorporado. Pero de a poco, y a fuerza de fotos antiguas que se sumaron a los chats, más registros de anécdotas añejas, fui entrando en el verosímil de ese nuevo relato. Esos viajeros del tiempo son hoy mi compañía más sólida. Puro instinto de supervivencia. Nos sostenemos sin conocernos. Son los niños que fuimos los que tomaron el control, nosotros nos dejamos guiar. Jamás en la vida, corrijo, jamás en la otra vida, hubiera dado cabida a esta estudiantina tardía.

Otros grupos de WhatsApp de los que participo y que suelen ser muy activos han ido acallándose, como la calle a la que da mi balcón. Después de unos primeros días de bombardeo explosivo, de intercambio de denuncias, miedos, ideas, recetas, pronósticos, y cadenas de ayuda, algo los ha silenciado y no fue mi voluntad.

Cuido mi cueva con celo. Ni siquiera sabía que me gustaba tanto limpiar. Paso el trapo con amor por la biblioteca, acaricio los lomos de los libros, le juro reincidir a uno, insisto blandiendo un tomo para que algún miembro de la familia lo lea. Disfruto, sí. Al fin lo dije. Y no soy la única, hace unos días un escritor al que acompaño en forma remota en la escritura de su texto, confesó con vergüenza estar disfrutando del encierro. De a poco, en cada reunión virtual que tuve lo fui preguntando. Primero aparece como una sonrisita avergonzada, pero la confesión siempre aflora. Las pocas personas que me han dicho que el encierro se les hace intolerable es porque están en alguna situación de real desventaja. Que por supuesto también las hay. Pero en mi corta experiencia de cosmonauta del encierro descubro que no soy la única.

Algunas noches no puedo dormir; anoche, por ejemplo. Me desperté de madrugada y comencé a pensar que necesitaba escribir esto que se me escapa ahora entre los dedos. Pero el insomnio ya no me aterra. Asusta, conmueve, quita el aire, pero le perdí el miedo. No es tan necesario descansar cuando desaparece la obligación de salir. Las primeras noches era temor a la enfermedad, a la falta de dinero, a las nuevas dificultades económicas que se suman a las viejas, a la incertidumbre de un sistema que vuela en mil pedazos frente a mis ojos. El cuerpo se resistía a detenerse, mis piernas se acalambraban en la cama. Luego, cuando Juan se fue, su ausencia, su lado de la cama era un vacío infranqueable. Ya no. Aprendí a flotar, aflojar el cuerpo, dejar que el agua me sostenga, que la corriente me empuje hacia donde sea, qué mas da. Me entrego sin resistencia a ese no dormir. El mundo por fin se ha detenido. Lo innombrable ha sucedido, ¿qué más da si no duermo?

Hace unos días, paulatinamente, casi como sin querer, algunos ruidos volvieron a mi balcón. Capaz que el mundo está intentando volver a girar. Confío en que el útero resistirá la ocupación, no retrocederemos. Casi no me puedo imaginar de dónde sacaré fuerzas cuando la maquinaria se ponga una vez más en movimiento. Ojalá este extraño parate -agradable de a ratos- dure lo suficiente como para permitirme afianzar el cambio y dejarme navegar en un mix de movimiento y de quietud, valores que hasta ahora, en mí, nunca se llevaron bien.

———

Bibiana Ricciardi tiene la vida partida entre Buenos Aires y Mar del Plata. Corre, escribe, viaja. Tiene tres hijos, dos hijastros y un casi marido. Su búsqueda la llevó a explorar múltiples lenguajes. Hizo teatro con su hija y montó la editorial de textos audibles “Sonda media” con su hijo mayor. Su audioserie “Nuestro secreto” está próxima a estrenarse en Storytel. Publicó los libros “Diez lugares contados,” “Los amores”, “Poner el cuerpo”, “La Lista”, “Chicxs”, “Cautivas” y “Una mujer corre”. Es docente de la UNMDP. Dicta talleres y clínicas de escritura en distintos espacios culturales.

TEMAS QUE APARECEN EN ESTA NOTA