“Todas las noches pienso qué puede pasar”: así viven hoy las familias de los médicos que luchan contra el coronavirus

—Vos pensá que ella tiene 2 años, no interpreta si es desprecio o protección.La escena arranca mientras la llave entra a la puerta y el picaporte gira. Juanita se activa. Y ve entrar a Sebastián. En la cabeza de ella, la de una nena de 2 años que no vio al papá en todo el…

“Todas las noches pienso qué puede pasar”: así viven hoy las familias de los médicos que luchan contra el coronavirus

—Vos pensá que ella tiene 2 años, no interpreta si es desprecio o protección.

La escena arranca mientras la llave entra a la puerta y el picaporte gira. Juanita se activa. Y ve entrar a Sebastián. En la cabeza de ella, la de una nena de 2 años que no vio al papá en todo el día, no figura la cuarentena, no se registra el distanciamiento social ni el riesgo al contagio del coronavirus. Lo suyo es instinto puro: ir a recibirlo y darle un abrazo.

—Y él la tiene que esquivar—, completa Yanina.

El 17 de marzo fue la última vez que Juana salió a la calle. Desde ese momento todo ocurre dentro del departamento en el que vive junto a Yanina (40), su mamá que osteópata y vio interrumpida su rutina laboral por el coronavirus, y Sebastián (36), su papá que es kinesiólogo del Hospital Italiano y vio potenciado su ritmo de trabajo por la pandemia. En el medio, hay un universo que los dos años de vida de Juana no logran descifrar.

Sebastián y Yanina junto a Emilia (4) y Juana (2) en la feria de colectividades del jardín, en diciembre de 2019.

—Cuando lo ve al padre se desespera. Y ahora más que antes, porque hay días que trabaja 12 horas y es mucho tiempo para ella. Para colmo extraña a su hermana, no puede entender por qué ya no la ve más.

Sebastián Santillán trabaja en terapia intensiva y unidad coronaria del Hospital Italiano. Es kinesiólogo especializado en neurología y aparato respiratorio por lo que en estos momentos es una pieza fundamental a la hora de realizar una rehabilitación motora y respiratoria. Además de Juana, tiene una hija más grande con una pareja anterior. Emilia, de 4 años, pasa la cuarentena con su madre y el contacto diario ahora se limita al teléfono.

—Es todo nuevo y es todo raro —sigue Yanina—. No sólo para la nena sino también para nosotros. Cada día que pasa no sé con qué noticia va a volver, si me va a decir que nos tenemos que aislar. Ni hablar cuando manifiesta algún dolor. No sabés si es que somatiza, te da miedo de que le agarre fiebre… Es una incertidumbre total. La verdad es que no la paso muy bien, trato de sostener la parte emocional por mi hija. Y también trato de que él no vea del todo las preocupaciones que tengo. Que se mantenga fuerte por lo que vive día a día. Pero es una preocupación que te atraviesa. No hay manera de esquivarla. Dormimos mal. Quizá durante el día no nos planteamos lo que nos preocupa, pero eso mismo es lo que nos cita a la madrugada, nos despiertan los mismos problemas. Es como un gran monstruo invisible que se mete por todos lados.

Sebastián, kinesiólogo del Hospital Italiano, junto con Yanina, su pareja.

Yanina define al momento en el que Sebastián llega a la casa como una coreografía. Las zapatillas esperan afuera, en el pasillo; el ambo que ya se sacó cuando salió del hospital y que está dentro de una bolsa queda a un costado, la ropa que lleva puesta también se separa para lavar. De ahí, al baño para higienizarse. Y recién después poder darle un beso a Juana.

En el edificio en el que viven no hubo cartelitos de esos que marcan orgullo ni de los otros que reflejan miseria. Pero sí están alertas, se preocupan más. Cuando ven cosas en la tele enseguida la advierten a Yanina para que encienda o le pregunte a Sebastián si está bien.

Sebastián Santillan en la entrada del Italiano muestra, en su celular, la foto de sus dos hijas. (Guillermo Rodríguez Adami)

—Tratamos de que haya un momento para cada cosa. Hay momentos en los que se habla del coronavirus, que hablamos de la cantidad de muertos o vemos las novedades. Pero también hay espacio para descomprimir, para que él me cuente, para que si tiene que llorar, llore. Si bien habla por teléfono siempre con la hija más grande, es duro, con el cambio de horario en su trabajo ya no puede ir a verla. Es feo estar lejos de una hija. Para todos, para Juana y para mí también, se siente su ausencia. Emilia, si bien es un poquito más grande, tiene 4 años y tampoco entiende tanto. A veces es como si se olvidara de lo que está pasando y tenés que empezar de cero. Para ella todo es día a día; nosotros, en cambio, sabemos que esto va para largo.

“En estos tiempos no se desconecta nunca”

Jorge está meneando un lampazo con lavandina por los pisos de la casa. Retomó esta semana su trabajo en una empresa de medicina laboral y como todos los días se ocupa de mantener limpio cada rincón de la casa a la espera de la llegada de Eleonora.

—Antes era todo compartido, el que llegaba primero se ocupaba de preparar las cosas de la casa. Ahora el que se encarga soy yo. Y es lógico. Mi esposa llega y no para: se pone a leer, a estudiar, a preparar trabajos científicos, a actualizarse con todo lo que no pudo ver durante el día.

Eleonora Cunto es jefa de Terapia Intensiva del Hospital Muñiz, algo así como una todoterreno sin pausa en tiempos de pandemia. A diferencia de Jorge, Eleonora sí puede tener contacto con Milagro, una de sus dos hijos, que también trabaja en el Muñiz como médica infectóloga.

Eleonora Cunto, jefa de Terapia Intensiva del Hospital Muñiz, en el medio, junto a su hija, Milagro, infectóloga, y su pareja, Jorge.

—Tienen actividades diferentes pero ambas son muy complejas. Mi hija está con los pacientes, más en el trato cara a cara y mi mujer vive de reunión en reunión. El trabajo de jefa es bastante estresante. Y en estos tiempos, mucho peor: no desconecta nunca.

Jorge dice que el 80% de su vida actual tiene que ver con el coronavirus. Entre los medios de comunicación, las charlas con su pareja y el cambio de la rutina por el aislamiento, se les hace muy difícil salir de la burbuja. El clima se rompe en alguna comunicación vía Skype con sus hijos o cuando logran ver alguna serie en Netflix.

Eleonora y Milagro, madre e hija trabajando juntas en el Hospital Muñiz.

—Yo estuve separado, viví solo, así que sé lo que es hacer las cosas de la casa, si no me moría de hambre. Cocino, lavo, plancho. Lo único que me molesta es hacer las compras. Tal vez me gustaría tener un poco más de esparcimiento, eso sí. Pero quiero aclarar algo, está implícito, pero es bueno decirlo: estoy orgulloso de los tres. Mi esposa y mi hija que trabajan en medicina y hacen tanto bien a la gente como también mi hijo (Joaquín, 28) que si bien es el que más tranquilo está porque trabaja en una empresa de telefonía, todos los lunes les da de comer a cerca de 100 personas indigentes.

Mónica junto a sus dos hijos, Milagro y Joaquin.

A pesar de que se ríe al notar que nunca en su vida hubiese imaginado estar limpiando los picaportes con un trapo con lavandina, a Jorge cada noche lo invade una preocupación lógica. Más en estas horas en las que se conoció que el 14% por ciento de los contagiados (374 personas hasta que se cerró esta nota) pertenecen al personal de salud, un porcentaje similar al que se maneja en otros países. Ellos están entre los más expuestos y en casa quedan sus familias, una realidad también global que fue reflejada con una ilustración en la tapa de la revista The New Yorker en la que se inspiró la foto principal que ilustra esta nota. 

La portada de la revista estadounidense The New Yorker que inspiró la foto principal que ilustra esta nota.

Me produce un poco de miedo la situación. Me inquieta la agresividad que tiene este virus. Todas las noches lo pienso. ¿Qué puede pasar? ¿Quién se puede contagiar? Y obviamente también me incluyo en esto.

“Vení, despedite de tu mamá”

A Thiago (16) lo levantaron de la cama con una frase que no se va olvidar más: “Vení, dale, despedite de tu mamá”.

Entre dormido y asustado, salió de la habitación y llegó hasta el vidrio que hacía de frontera. Del otro lado, Mónica lo saludaba y salía rumbo al hospital en el que sería internada por coronavirus.

Mónica Contreras junto a sus hijos, Thiago y Morena.

Mónica Contreras (35) trabaja como obstetra en el Hospital Materno Infantil Ricardo Gutiérrez de La Plata y en la Unidad Sanitaria María Eva de Quilmes. Fue una de las primeras trabajadoras de la salud que se contagió. Las medidas de prevención que habían tomado en la casa sirvieron para que nadie más de la familia se infecte, pero no alcanzaron para que ella saliera ilesa.

—Sabíamos que era posible que mamá se contagiara. Ella nos hablaba mucho y nos pedía que nos cuidáramos, que ella por su trabajo tenía mucho riesgo. Por eso también decidió aislarse. Pero el momento fue muy duro. Fue una noticia chocante. Ver a tu mamá con barbijo, que se va y te saluda… Es duro saber que tu mamá tiene algo que está matando a miles de personas en todo el mundo.

El 20 de marzo, al mismo tiempo que comenzó el aislamiento obligatorio, Mónica se fue a vivir al quincho de su casa en La Plata. Allí se armó el sofá-cama y tiene un baño, un televisor, una mesa y unas sillas. Compartía con su pareja y sus dos hijos solo el almuerzo y la cena, cada uno en un lateral de la mesa y manteniendo distancia.

Otros tiempos, de vacaciones: Mónica, junto a su pareja y sus dos hijos, en la playa.

El 3 de abril fue el último día que Mónica fue a trabajar al hospital y el primero en sentir síntomas que la preocuparon. La ficha le cayó cuando su hija menor, Morena (13) la llamó para alertarla de un olor feo en la heladera.

—Yo no siento nada—, juraba Mónica.

—Mamá, hay un olor refuerte, es como pescado podrido—, insistía Morena.

Después del resfrío, de los dolores de cabeza, del malestar corporal, del test que dio positivo y de dos días de internación, Mónica ahora continúa con el aislamiento en su casa. Le dejan comida encima de una maceta, del otro lado del vidrio del quincho. El “delivery” se va, ella abre y agarra el plato.

—Cuando te dicen que el test dio positivo se te viene el mundo abajo —relata Mónica—. En ese momento no hay estadísticas que sirvan, decís “Ya está, ahora puedo ser yo”. Y te agarra miedo por tus seres queridos. Si bien yo había tomado todos los recaudos, me angustiaba mucho pensar en que se podía haber contagiado alguno de mis hijos o mi pareja.

Thiago cuenta lo que sucedía en el otro sector de la casa. Allí donde intentaban continuar con la vida lo más normal posible junto a su hermana Morena y a Daniel (57), la pareja de Mónica.

—Yo dije: “Listo, sonamos: todos tenemos coronavirus”. Pero al mismo tiempo teníamos que seguir y ayudar con la vida diaria. En el colegio, cuando se enteraron lo de mi mamá, me llamaron y me dijeron que hiciera lo que pudiera o que me esperaban si no entregaba los trabajos a tiempo. La verdad es que con todo lo que escuchás no tenés ánimo para nada, pero no te queda otra que seguir.

Mónica Contreras, obstetra de La Plata, observa a lo lejos, manteniendo la distancia mientras sus hijos almuerzan en el jardín.

Ahora volvieron los gritos de un ambiente a otro. Mónica le pide a Morena que ordene la habitación. Thiago se vuelve loco de la vergüenza cuando ve que su mamá escribió una carta en Facebook que se volvió viral por los cuestionamientos al sistema de salud que no la contuvo como ella pretendía.

—Mamá, ¿te diste cuenta de lo que hiciste? ¡Saliste en TN, te vamos a matar!—, le recrimina.

Para Daniel, que trabaja en una agencia de autos y hasta ahora se limitaba a cocinar en la parrilla, el aislamiento sirvió para incursionar en nuevas técnicas. Llamó a su mamá para que lo orientara, miró algunos videos en YouTube, hasta que finalmente logró hacer unas berenjenas rellenas.

—Ahora va a tener que seguir cocinando porque le salieron muy ricas. A mí me dolió el cuerpo por el coronavirus y a él por el estrés de no saber cómo hacer unas berenjenas—, resume Mónica, que pasa los últimos días de aislamiento en el quincho.

“Con mi hijo tratamos de ser su contención”

Alejandro (64) es tripulante de cabina de una compañía aérea. Mira desde su casa cómo muchos de sus compañeros ponen el cuerpo en cada vuelo para repatriar a los argentinos que quedaron varados alrededor del mundo. Y al mismo tiempo intenta que su hogar sea un ámbito de contención para Patricia, que llega con toda la carga emocional y las presiones diarias de su trabajo en el hospital.

—Me pongo un poco melancólico y a la vez estoy muy orgulloso de mis compañeros que siguen trabajando. Yo no puedo porque sufro EPOC y me dieron licencia para hacer la cuarentena en casa. Y acá se mezcla todo. Alguna vez los tripulantes le pidieron consejos a Patricia, le preguntan si convendría ponerse un mameluco o barbijo para hacer los vuelos.

Patricia Fernández es médica infectóloga, trabaja en el área clínica y en terapia intensiva del Hospital Oñativia de Rafael Calzada. Vive con Alejandro y con el hijo de ambos, Alfonso (20), en una casa de Wilde.

Patricia Fernández, infectóloga del Hospital Oñativia, junto a su pareja, Alejandro y el hijo de ambos, Alfonso.

—Patricia no tiene horarios, no tiene fines de semana —relata Alejandro—. Va del hospital a las clínicas a darles charlas e indicaciones a sus compañeros: ella se encarga de enseñarles cómo es el correcto uso de los elementos de trabajo, cómo seguir los protocolos. Y acá, cuando llega a casa, se carga todo lo que se trae del hospital. Tratamos, con mi hijo, de ser la contención del profesional. La veo cansada y encima cuando llega el teléfono no le para de sonar. Yo le digo: “Apagalo al menos un par de horas, tratá de desenchufar”. Pero no puede. La veo realmente con una sobrecarga.

El teléfono de Patricia, ese que no para nunca, sonó mientras le estaba realizando un hisopado a un paciente con alto riesgo de estar infectado de coronavirus. En ese momento, la infectóloga llegó a notar que el que llamaba era su hijo Alfonso, pero no le quedó otra alternativa que continuar con su tarea urgente.

—Se preocupó porque pensó que pasaba algo grave —cuenta Alejandro—. Y todo el tiempo se generan cosas de este tipo. La comunicación en la familia cambió por completo. Por eso yo le dije: “Mirá, cuando estás en el hospital con algo importante olvidate de que yo existo y de que existe Alfonso”. A mí me pasa cuando vuelo. Cruzo el océano y estoy 12 horas desconectado. En estos momentos ella tiene que hacer lo mismo.

Al igual que en los otros hogares en los que viven médicos, en la casa de Patricia se extremaron los cuidados en la limpieza diaria. Aunque Alejandro cuenta que hubo algunos imprevistos que alteraron aún más esta cuarentena

—Se rompió un caño de agua. También tuvimos problemas con el lavarropas y tuve que meter mano para arreglarlo. 

En el medio, Alfonso continúa con las clases de coctelería online y va a llevarles comida a sus abuelos que viven en Barracas. Se aburre un poco, se fastidia otro tanto, extraña a su novia y se pregunta cuándo podrá volver a verla.

Alejandro está de licencia en su trabajo, Patricia no tiene horarios ni fines de semana y Alfonso estudia a distancia; los tres viven en una casa de Wilde.

Cuando Patricia llega, Alejandro tiene la comida lista. Le pregunta cómo le fue en el hospital, charlan de las novedades del día y él intenta romper con el tema que eclipsa la realidad cotidiana. 

—Pero veo que se sienta y va pasando de Canal 26 a TN, después a C5N y así… En un momento le digo: “Relajá un poco, vamos a ver una serie. Vamos a prender unas velitas, ponemos un poco de música de meditación”. Para colmo, parece broma pero estamos viendo “Freud”, una serie bien retorcida.

De ir haciendo equilibrio se trata. Cuando los medios hablan de los médicos en la primera línea de riesgo están hablando del trabajo de Patricia. Y manejar las emociones en ese escenario suele ser complicado tanto para el protagonista como para su entorno.

—Yo me casé con una médica, sé cómo es la cosa, los riesgos, y la verdad es que no siento miedo. En este momento lo que siento es la necesidad de acompañamiento. También hacia mis padres que son grandes y justo en este momento tengo que mandarles las recetas de PAMI. El miedo no es malo, lo que hace es ponerte en alerta. No hay que entrar en pánico. Patricia me dice: “Yo me sé cuidar, quedate tranquilo”. Y yo sé que es así, pero no deja de ser difícil.

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