Coronavirus en Argentina: Atendió a un pasajero en el aire y volvió a su guardia: “Veo la calma que antecede a un huracán”

Yair Atum es médico. Cualquiera, aun sin conocerlo, podría arriesgar que utiliza una bata, que tiene un recetario siempre a mano y un estetoscopio colgando del cuello. No estaría mal recurrir a ese estereotipo para describirlo. Pero las últimas semanas en la vida del doctor Atum, 32 años, nacido en Paraná y afincado en Rosario,…

Coronavirus en Argentina: Atendió a un pasajero en el aire y volvió a su guardia: “Veo la calma que antecede a un huracán”

Yair Atum es médico. Cualquiera, aun sin conocerlo, podría arriesgar que utiliza una bata, que tiene un recetario siempre a mano y un estetoscopio colgando del cuello. No estaría mal recurrir a ese estereotipo para describirlo. Pero las últimas semanas en la vida del doctor Atum, 32 años, nacido en Paraná y afincado en Rosario, permiten imaginarlo de otra manera: con ropa deportiva, corriendo, transpirado, sediento y desesperado. Atravesando presuroso fronteras para volver al país mientras el coronavirus iba obligando a cerrar el mundo. Una traumática carrera de miles de metros llanos. Un maratón angustioso.

La historia de Atum se conoció a fines del mes pasado. El 6 de marzo viajó a Filipinas. El plan era tentador: vacaciones paradisíacas recorriendo distintos puntos de Asia junto a su pareja, una joven de 29 años, también doctora. Pero el avance del COVID-19​ tiró sus planes por la ventana.

Se inició una pesadilla que, dice, no le desearía “ni al peor” de sus enemigos. En el camino para llegar a Argentina debió separarse de su novia, que pudo conseguir un pasaje salvador y volver antes. Atum vio el colapso y la desesperación que crecían a causa de la pandemia, cómo se cerraban fronteras, se cancelaban vuelos y se disponían estados de sitio. El pack básico para montar cualquier película del cine catástrofe.

“Por ahí cuento mi experiencia a los médicos y todavía se me llenan los ojos de lágrimas. Nada te garantizaba que no cerraran las fronteras o que los vuelos se cancelaran. No había nada seguro. Una incertidumbre total. Volabas y no sabías si te iban a dejar entrar al siguiente país. O si me iban a dejar en cuarentena. Y estar hoy acá… lo demás no es nada a comparación de eso”, cuenta ahora a Clarín con la tranquilidad de estar en el que cree es el mejor lugar del mundo: su casa y la ciudad que lo cobijó hace 15 años.

Yair Atum en el patio del hospital Provincial de Rosario, con barbijo y el ambo con el que atiende en la guardia. (Juan José García)

En un momento pensó que quedaría varado un par de meses en Tailandia, pero pudo llegar a Madrid. Esperó 32 horas para tomar un vuelo de Aerolíneas que lo depositaría en Buenos Aires. El 25 de marzo, cuando embarcó, sintió que lo peor había quedado atrás. Estaba equivocado. Lo que sucedió luego lo convirtió en noticia: un pasajero de 78 años que no había revelado tener síntomas compatibles con el coronavirus se descompensó durante el vuelo.

Atum, junto al médico cordobés Federico Riorda, lograron compensarlo y salvarle la vida, aunque su estado era desesperante. Carmelo Gilgio murió una semana después. Se confirmó que había contraído coronavirus durante su estadía en Europa.

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Para Atum empezó entonces el lado B de la historia. De regreso en Rosario se dispuso a cumplir con las dos semanas de aislamiento obligatorio junto a su pareja. Esperaba no estar infectado para retomar cuanto antes la atención en el Hospital Provincial y en el Sanatorio Rosendo García, que pertenece a la Unión Obrera Metalúrgica (UOM). Sabía que era un momento crucial para la sanidad y no quería estar ausente.

Lo más difícil fue manejar la ansiedad hasta conocer si Giglio, el paciente al que le salvó la vida en el vuelo, estaba contagiado de coronavirus. “Cuando recibimos la noticia que había sido positivo fue como un balde de agua fría. Imaginate que el primer contacto que tuve con él fue sin protección, sin nada. Eso hizo que dijera ‘No sé si lo tengo o no, si contagio o no, si la contagié a mi novia o no’”, se planteó al conocer el diagnóstico.

Yair con su novia, también médica. Sus vacaciones terminaron convertidas en una pesadilla.

Con los familiares del paciente no tuvo más contacto. Se enteró del fallecimiento de Giglio y de que a Riorda, el médico cordobés que trabajó con él para salvarlo, también le dio negativo el estudio al que se sometió. La cuarentena finalizó para Atum y su pareja sin que se manifestaran síntomas, consumiendo series de televisión y el estudio de nuevas publicaciones sobre el COVID-19.

El sábado 11 de abril Atum realizó una guardia pasiva en el Hospital de Emergencias Clemente Alvarez (HECA), el lugar en el que desarrolla una subespecialización en gastroenterología. El lunes 13 inició sus tareas formales en el Provincial y en el Rosendo García. En ambos centros de salud está a cargo de la coordinación de las guardias. 

Tuvo contacto con varios casos sospechosos, pero todos fueron descartados. Atum asegura que la situación actual es de absoluta tranquilidad, que en las guardias bajó la demanda significativamente, pero advierte que entre sus compañeros existe temor, estrés y tensión por lo que pueda venir. “Veo una disociación. Como la calma que antecede a un huracán”, resume.

“No sabemos cómo va a ser esto. Vemos a los demás países, con situaciones catastróficas. Y nosotros seguimos a la espera, preparándonos. Hay un poco de angustia y miedo en el ambiente. Se nota. Pensar que la demanda supere a la cantidad de recursos que tenemos y qué hacer en ese momento”, explica. Atum acepta que su mayor temor es a un contagio. Y a lo que llama “el efecto mariposa”.

El corazón en la mano. Yair espera que la pandemia pase para volver a estar con sus seres queridos. (Juan José García)

Al infectarse sos una baja en el hospital. Y como estuviste en contacto con otra gente ellos también, probablemente, se conviertan en una baja”, se inquieta. Es una preocupación que expuso el viernes un registro del Ministerio de Salud: el 14% de los contagiados con coronavirus en el país son médicos y trabajadores de la sanidad.

Atum no se detuvo a imaginar si la crisis sanitaria dejará alguna lección. Prefiere pensar en asuntos más cotidianos, más necesarios. Sabe que cuando todo pase correrá para ver a su novia, instalada en Junín como parte de su proyecto de residencia en anestesiología. Irá a Oro Verde, Entre Ríos, donde viven sus padres. Visitará a su suegra en un pueblito santafesino llamado Carmen y retomará el asado de los viernes con sus amigos y colegas. “Me encantaría hacer todo eso”, admite como quien describe un paisaje ideal. 

Intuye que cuando pueda recuperar eso que ahora tanto añora todo será distinto. La tormenta que se desató en las vacaciones truncas, que lo persiguió con un paciente enfermo de coronavirus durante el vuelo de regreso y que ahora se agazapa detrás de una pandemia inesperada y luctuosa, habrá llegado definitivamente a su fin. Será entonces el tiempo de detenerse a disfrutar de aquello que en este tiempo, mientras corre, no puede abrazar.

Rosario. Corresponsal

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