Messi es crack hasta cuando juega poco

Habrá sido una de sus actuaciones más débiles con el Barcelona pero también será uno de sus partidos más memorables, por esos 15 minutos finales en los que vapuleó al Liverpool y dejó en ridículo a quienes creen (creemos), que había jugado poco, poquito, hasta esa epifanía del último cuarto de hora.Algo especial, aparte de lo especial…

Messi es crack hasta cuando juega poco

Habrá sido una de sus actuaciones más débiles con el Barcelona pero también será uno de sus partidos más memorables, por esos 15 minutos finales en los que vapuleó al Liverpool y dejó en ridículo a quienes creen (creemos), que había jugado poco, poquito, hasta esa epifanía del último cuarto de hora.

Algo especial, aparte de lo especial que es y ya ha sido descripto hasta el abuso, tiene Lionel Messi. De la nada, resolvió los graves problemas que soportó su equipo en al semifinal de la Champions y lo puso con un pie en la final de Madrid, el 1° de junio.

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Lento, sin esa chispa que lo hace correr a la velocidad de la luz. Estático, sin esa astucia para intuir dónde quedará el espacio vacío. Y hasta sin puntería, fallando pases a pocos metros. El adversario hizo todo lo posible por anularlo pero el Liverpool no es el primer equipo que cree haber encontrado el candado perfecto. También a esa intensidad de los jugadores de Klopp, Leo le sacó la lengua en el cuarto de hora final y les dio un golpe ¿de nocaut?

En el primer tiempo llegó una vez a posición de gol en esa jugada en la que Robertson le tapó el remate y después reclamó una mano penal de Matip. Hizo dos piques largos. Todo el tiempo restante, caminó. En la última jugada de esa primera etapa encontró una pelota y un hueco para encarar al último defensor. Normalmente eso termina en gol o en un zafarrancho en las cercanías del área rival. Sin embargo, Leo frenó, giró, detuvo la jugada y tocó para un costado. ¿Ahogado por aquellos piques? Es extraño. ¿Fundido? Difícil de creer en el momento crítico de una temporada en la que descansó y rotó de la formación titular más que nunca. Si hasta el día de la consagración en la Liga ante Levante estuvo en el banco los primeros 45 minutos. ¿La pubialgia crónica? No dio señales. 

El panorama fue parecido en la segunda parte hasta que apareció ese pase a Sergi Roberto. Un pase burocrático, como tantos ha hecho. El rebote a Suárez, la devolución en el travesaño y la pelota que le cae servida para poner el 2-0. Algo tiene. Algún ser superior lo ungió y le dijo “serás diferente, siempre”.

Messi hizo infinidad de goles de tiro libre. Pero el del tercer gol fue diferente a casi todos. Por las circunstancias: Fabinho lo frenó con falta cuando parecía difícil que Leo se reencontrase con la pelota que había abierto a la izquierda. Y estaba a más de 30 metros del arco. Y la puso en un ángulo. Como tantas veces, pero esta vez con la mínima ayuda del roce en el hombro del último de la barrera, cuando quedaban solo 8 minutos, cuando un tercer gol era una exageración a absoluta. Y en una semifinal de Champions.

No hubo exhibición, ni clase magistral. Y en un cuarto de hora puso un resultado estratosférico a un partido que Barcelona, como mucho, merecía empatar. Doblete a 15 años justos de su primer gol en el Barça para llegar a la cifra redonda y mágica de 600 goles con la camiseta azulgrana. Una vez más, Messi es increíble.

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