Podemos estar cansados, pero nunca abatidos

¿Llegar? ¿De qué se trata? ¿Acaso la vida no es un viaje infinito hasta el día en que deja de serlo? Y lo es para casi todos. Dominique Lapierre -autor de bestsellers, pero no vamos a ser prejuiciosos- escribió La ciudad de la alegría donde muestra el rostro humano de una villa miseria de Calcuta.…

Podemos estar cansados, pero nunca abatidos

¿Llegar? ¿De qué se trata? ¿Acaso la vida no es un viaje infinito hasta el día en que deja de serlo? Y lo es para casi todos. Dominique Lapierre -autor de bestsellers, pero no vamos a ser prejuiciosos- escribió La ciudad de la alegría donde muestra el rostro humano de una villa miseria de Calcuta. Personas pobrísimas que aman y que no dejan de tener proyectos. Acá mismo lo vemos con los cartoneros. Quizás por mi pertenencia a la clase media o por temor a lo distinto siento que su trabajo es inmerecido pero lo ejercen con gigantesca dignidad. Nadie debiera vivir de la basura, así se lo llame reciclador urbano. Mientras, mi respeto a cada uno de ellos por sobrevivir de una manera que yo no sé si podría y por mantener “buena onda”. Cerca de casa hay un punto de encuentro en el que suben la recolección diaria a un camión. Son decenas, y siempre percibo cordialidad, bromas, pequeños momentos de estar bien.

Sí, la vida debe ser un viaje que sentimos infinito. Apenas me recibí de periodista, hacía y hacía. Conjugaba el verbo hacer todo el rato. Algunos me decían workaholic y yo que no entendía qué era eso, cuál podía ser mi pecado. Después lo comprendí pero no para sentirme más libre sino para ser algo nuevo: pareja, familia, hijos. Se puede llegar cansado a medianoche pero casi nunca abatido.

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Igual pasa con los mayores. Mi papá, a los 85, subió hasta Machu Pichu pero antes se había enojado porque en una excursión que él hubiera preferido -ir en bus, cruzando Bolivia- le dijeron que sólo lo llevaban si entregaba un certificado médico. No quiso, viajó en avión.

Cierto, la situación de crisis eterna nos inyecta una dosis de pesimismo cada día. Hace lo suyo. A veces estamos tristes, con bronca o nos embarga una sensación de quiero pero no puedo. Cansan los no, la vergüenza ajena de llamar modernización a la sequía. Pero no somos racionales. O sí, porque sabemos que de esperanzas también se vive. Vamos a insistir con esa ilusión. Con el proyecto postergado. Con hacer fideos caseros aunque sea tanto más fácil comprarlos en paquete. Es que no saben igual: hundir las manos en la masa ofrece un placer imposible de comparar. Algo así como sentirse magnífico, aunque sea por un ratito.