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Te puedo dejar algunos regalos, como el que no te acepté: me equivoqué. Quiero que todo lo mío sea tuyo. No te podés quejar”. Cisco leyó la carta una y otra vez.Cuando Evelyn lo abandonó, creyó que se le acababa el mundo. Los viajes, la curiosidad, los sabores de cada país, cobraban sentido por su…

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Te puedo dejar algunos regalos, como el que no te acepté: me equivoqué. Quiero que todo lo mío sea tuyo. No te podés quejar”. Cisco leyó la carta una y otra vez.

Cuando Evelyn lo abandonó, creyó que se le acababa el mundo. Los viajes, la curiosidad, los sabores de cada país, cobraban sentido por su presencia. Viajar sin ella era como estar siempre en el mismo lugar: consigo mismo. Incluso el viaje de ida y vuelta a Uruguay le resultaba estimulante si lo hacían juntos: ahora no podía ni subirse al barco.

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Se habían conocido quince años atrás, cuando los dos tenían treinta y se anticipaban invulnerables al amor. Nunca se habían propuesto más que un romance como alguno de los que ya habían vivido: pero inesperadamente comenzaron a extrañarse y quererse. Pronto vivían una semana en cada casa, y luego en la de Cisco. “Si hubiéramos tenido hijos”, ponderó Cisco, en este viaje al Uruguay que no había tenido más remedio que emprender. Pero se respondió al instante: “Hubiera sido peor. El mismo drama, pero con chicos llorando”. De hecho, en ese mismo momento un niño lloraba en el buque, y a duras penas podía soportarlo.

Cisco había construido su carrera gracias al amor por Evelyn. No que ella lo hubiera ayudado, en la práctica, de modo alguno, ni siquiera, mucho menos, monetariamente. Ambos habían mantenido sus oficios: ella diseñadora y él operador inmobiliario. Pero el despegue de Cisco había sido motivado por la energía que Evelyn le insuflaba. Ganó mucho más dinero que al que hubiera aspirado estando solo. Lo compartía todo con ella, porque sentía que era un éxito conjunto. Pero cuando Evelyn cumplió 45, Cisco le regaló ese anillo de diamantes, y ella se lo regresó. Primero Cisco sonrió, suponiendo que era un desprendimiento amoroso. Pero Evelyn puso en palabras su gesto: había otro. El largo romance de quince años había llegado a su fin. Cisco la miró demudado. De todas las catástrofes que pudo haber imaginado para el resto de su vida, ninguna se parecía: enfermedad, miseria, exilio. Nunca ese desamor brutal que le estaban propinando. La amaba, se divertían, se complementaban. Pero eran dos personas distintas, concluyó Cisco. No sólo ella y él: la que estaba con él, y la otra Evelyn, la que repentinamente se le había revelado. ¿Cómo no la había visto venir? El amor lo había vuelto estúpido. ¿Qué le podía reprochar? Ya no lo quería. Había personas que lloraban, amenazaban con suicidarse, reclamaban, insistían. En el amor, sabía Cisco, las plegarias se anulan a sí mismas. Las amenazas son infames: la virilidad es aceptar el rechazo.

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Pero a Evelyn le había quedado la mitad de la fortuna acumulada a lo largo de aquellos quince años. Era mucho, mucho dinero, en la cuenta a su nombre. Apenas cortó con Cisco, Evelyn se había ido a vivir con su nuevo amor: un hombre casado varios años mayor. Era una especie de gurú de la eterna juventud, ensayista de humo y rebelde a la carta: tomó distancia de la mujer y los hijos; se fueron a vivir al Tigre, con Evelyn. Cisco emprendió un viaje alrededor del mundo: dilapidó su parte de la fortuna a lo largo de cinco años. Dos días después de regresar a Buenos Aires, como si lo hubiera estado esperando, supo de la muerte de Evelyn por la necrológica en el diario.

Averiguó lo que pudo: un ACV, supuestamente. Pero también había rumores ominosos sobre el gurú. La carta de Evelyn que llegó a su casa parecía ratificar esta hipótesis: incluía el manuscrito, y un pasaje electrónico al Uruguay. “Te puedo dejar algunos regalos, como el que no te acepté: me equivoqué. Quiero que todo lo mío sea tuyo. No te podés quejar”.

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Evidentemente le estaba diciendo que se había equivocado al abandonarlo. Pero…¿qué más? ¿Y por qué el boleto del viaje? ¿Sabía que moriría? ¿Importaba, eso, acaso, ahora? Abordó el buque porque no concebía la idea de que ese boleto quedara sin usar. Ni siquiera consideró la idea de llorar: con los berridos del chico alcanzaba. Repasaba la carta en su cabeza: no la tenía en el bolsillo y, por algún motivo, eso la reflejaba aún con más nitidez en su memoria. Una tormenta inesperada se desató en medio del río. El buque comenzó a mecerse como el juego cruel de un parque de diversiones. Una pasajera puso los ojos en blanco. Cisco dejó su asiento y caminó hasta el gigantesco ventanal: el agua parecía un monstruo, azotando la nave.

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No podía dejar de musitar esas escasas frases manuscritas, tan evidentemente insensatas, sospechosamente insensatas. Algo se le iluminó en el minúsculo rincón del cerebro que el dolor no había llegado a atrofiar. Se apersonó en la cabina de informes y pidió el libro de quejas. La comisaria de a bordo le preguntó cuál era el problema. Para no despertar suspicacias, Cisco replicó que prefería asentarlo por escrito, sin más explicaciones. Le facilitaron el libro de quejas. Pidió permiso para llevarlo a su butaca y regresarlo luego de apuntar su reclamo. También se lo concedieron.

Sentado en una butaca doble, pero sin nadie al lado, pasó las páginas hacia atrás. El niño, gracias a Dios, había dejado de llorar; como si la furia fluvial lo hubiera calmado. Entonces, en la caligrafía de Evelyn, en letras rojas, descubrió el mensaje oculto que le había dejado en el libro de quejas: con un código que sólo ellos dos podían conocer, no de complicados signos sino por la sola mención de un sitio en donde habían sido inusualmente felices. Allí estaba escondido el dinero. A su disposición. A salvo de los vaivenes del corazón. Anotó una estupidez sobre el movimiento del barco, cerró el libro de quejas y lo regresó. Para su gran estupefacción, sonrió.