Todo lo que no se vio del homenaje a Manu Ginóbili en San Antonio

Cuando las luces del estadio bajaron su intensidad, el homenajeado se quedó junto a decenas de invitados que habían llegado desde Argentina. Ya pasaron las grandes emociones. Poco a poco, el AT&T Center se va apagando. Ya luce allá, bien arriba, del lado opuesto al banco de suplentes -como para que los jugadores propios y…

Todo lo que no se vio del homenaje a Manu Ginóbili en San Antonio

Cuando las luces del estadio bajaron su intensidad, el homenajeado se quedó junto a decenas de invitados que habían llegado desde Argentina.

Ya pasaron las grandes emociones. Poco a poco, el AT&T Center se va apagando. Ya luce allá, bien arriba, del lado opuesto al banco de suplentes -como para que los jugadores propios y rivales lo tengan presente cada vez que levanten la vista-, la camiseta con el número 20 y el apellido Ginóbili. Entonces, él reaparece en escena. Y el reluciente parquet con la espuela en el centro recibe a uno. Y a dos, y a tres. Y son como cincuenta. Los familiares y amigos de Manu copan la cancha. Y él, como tantas otras veces hizo en ese suelo, dirige todo.

“¡A ver, vengan! ¡Dale, decile que se apure!“, pega el grito. Ahora está ahí, en la mitad del campo de juego, y no quiere que nadie se pierda la foto con su gente, esa que llegó especialmente invitada por él y la franquicia de San Antonio. “¡Ahí, a la que está en la escalera!”, les pide a todos que miren mientras uno de los fotógrafos del equipo ajusta el lente de su máquina unos escalones arriba y con los codos apoyados en el tope para tomar una fotografía que quizás postee en algún momento en sus redes o ubique impresa en algún rincón de su casa, ubicada en The Dominion, a menos de media hora del centro por la Interestatal 10 Oeste.

Antes de esto, sus parientes y sus amigos, entre los que se encontraban, claro, los miembros de la Generación Dorada que llegaron hasta aquí, lo esperaban como si se tratara de una quinceañera en su fiesta de cumpleaños. Mientras, charlaban, se saludaban con gente que no veían hace tiempo, como le pasó a Juan Ignacio Sánchez con varios de los muchachos de Bahía Blanca, o se ponían al día entre sí, como Luis Scola, el único que aún continúa en actividad (con cierta lógica, ya que es el más joven del grupo) y llegó recién el jueves a San Antonio. Y antes de todo lo que sucedió en la noche de ayer, Manu pasó la tarde con otros dos grandes afectos que le dio el básquet de la NBA: sus amigos franceses Tony Parker y Boris Diaw.

De repente, cuando uno le perdió la vista por un instante, sale corriendo con su hijo Luca, el más pequeñito, a upa en sus brazos. ¿Qué pasó? El nene se hacía pis y papá, en todos los detalles, fue al rescate. Claro, tenía mejores chances de moverse con rapidez que su esposa Marianela (Many, para todos), de largo vestido rojo. Ella también charla con sus amigas y se ríe con ganas al recordar el momento en que, mientras entraba al estadio con su marido y los chicos, se tropezó al subir al parquet.

Finalmente, después de todas las fotos (familia por un lado, amigos por otro, los de Bahía por acá, los de la Selección por allá), es hora de salir. Algunos rezagados que le ruegan por favor a la seguridad que no los echen gritan su amor desde la tribuna y él responde con un saludo que les llena el alma. Con su troupe, se va a comer a la cena de gala que le preparó la franquicia; una cena íntima reducida a la gente del básquet: Generación Dorada y excompañeros de los Spurs, los afectos que le dejó el básquet. Esta noche, en cambio, será exclusiva para los familiares y amigos. Son los primeros minutos después de la gran emoción. La 20 ya es suya para siempre.