Cuarentena por coronavirus: Cumbo-Vitale-González, o el mejor folclore por otros medios

Por qué te lo recomendamos La aparición del trío formado por Jorge Cumbo, Lito Vitale y Lucho González fue una especie de aparición mágica en la escena, en un momento de gran ebullición creativa. Y dejó una huella imborrable. La escena transcurre en Villa Gesell, allá por el verano que le daba inicio al año 1985…

Cuarentena por coronavirus: Cumbo-Vitale-González, o el mejor folclore por otros medios

Por qué te lo recomendamos La aparición del trío formado por Jorge Cumbo, Lito Vitale y Lucho González fue una especie de aparición mágica en la escena, en un momento de gran ebullición creativa. Y dejó una huella imborrable. 

La escena transcurre en Villa Gesell, allá por el verano que le daba inicio al año 1985 -o al ’86-, en plena “primavera alfonsinista”, con las ilusiones al tope y recitales y conciertos gratuitos para tirar para arriba. Este, en alguna tarde noche de ese enero o febrero, es uno de ellos.

Ahí arriba, un pianista de pelos larguísimos, con un brazo enyesado, aporrea el piano de una manera casi irracional, mientras un flaco de pelos bien negros y algo más cortos hace malabares con una quena, con un tercer integrante del grupo a su lado que parece estar probando la resistencia de las cuerdas de su guitarra.

Juntos son material incandescente. De lo más rockero que se pueda pensar. Sólo que hacen folclore; un folclore que te pasa por arriba, pero no por la culpa de algún cantante que vocifera sin ton ni son, sino por los vientos de un sonido distinto, que parece no responder a los códigos habituales del genero y que hacen que el público no deje que Lito Vitale, Jorge Cumbo y Lucho González puedan bajar del escenario. No pueden una. Tampoco dos. Ni tres. Si hubiese sido por nosotros, le seguíamos pidiendo bises hasta la semana pasada. 

Sin saberlo, quienes estabamos allí, viendo ese volcán de lava folclórica incandescente estabamos siendo parte de algo que con el tiempo se convertiría en moneda común, aunque no por eso banal. Era lo que se venía, y estaba buenísimo.

Después, con el cambio de Cumbo por el ex Alma y Vida Bernardo Baraj, la cosa alcanzaría una dimensión impensada para una propuesta instrumental de ese carácter. Casi que para cualquier propuesta instrumental. Pero para eso faltaba un poco, y estar ahí era como ver el brote de algo fenomenal, que a la distancia no perdió ni un poco de su encanto.

Así es la tapa del álbum que Jorge Cumbo-Lito Vitale-Lucho González editaron en 1985

Escuchar la Vidala del Culilí, de Vitale, sigue siendo tan bello como entonces, del mismo modo que tan natural resulta acompañar con un movimiento del cuerpo esa intención casi jazzera de Antarqui, tema de González. El inicio de La cueca de los coyas, del peruano Antonio Pantoja, sigue planteando la misma especie de intriga que cuando sonó por aquel entonces, y los contrapuntos entre el piano de Vitale y la guitarra de González siguen siendo tan efervescentes como entonces.

Las dos piezas de Cumbo, La vuelta de los tachos y Huayno, siguen teniendo una frescura que es bienvenida en cualquier género, sobre todo si se mantiene vigente al cabo de casi 40 años. Y es tan así que la segunda da ganas de ponerse a bailarla, aunque no sepamos cómo.

Es cierto que ya no sorprenden de la misma manera; sin embargo, hay algo en aquella originalidad que se sostiene en el estilo personal de cada uno de los músicos. Y tener un estilo propio no es poca cosa. De lo contrario, la versión de Alfonsina y el mar sería una más de las muchas que hay, pero no lo es. Tampoco es la de Chacarera de un triste, de los Hermanos Simón, el otro “cover” del álbum.

Es que el álbum Jorge Cumbo-Lito Vitale-Lucho González no es un disco común. No lo fue entonces ni lo es hoy, 35 años después de su lanzamiento. Esa es una de sus grandes virtudes. Apenas una.

E.S.

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