Ventrílocuos: “Chucky, el muñeco maldito, fue un punto de inflexión para el oficio”

Cuando Guillermo Guardia, de 57 años, se va de vacaciones, a Simón lo sienta en el auto, le pone el cinturón de seguridad y recién ahí siente que está en condiciones de emprender su viaje. Alicia París, de 72 años, suele dormir con Juanita apoyada en el pie de la cama. Lorena Gontero, de 47…

Ventrílocuos: “Chucky, el muñeco maldito, fue un punto de inflexión para el oficio”

Cuando Guillermo Guardia, de 57 años, se va de vacaciones, a Simón lo sienta en el auto, le pone el cinturón de seguridad y recién ahí siente que está en condiciones de emprender su viaje. Alicia París, de 72 años, suele dormir con Juanita apoyada en el pie de la cama. Lorena Gontero, de 47 años, no soporta guardar a Lalo en una caja, siempre lo tiene en su habitación o en el living de la casa. Y Miguel Lembo, de 70 años, dice que Pascualito es como un hijo o un amigo, que muchas veces le cuenta sus problemas.


De izquierda a derecha, Alicia París con Juanita, Miguel Lembo con Pascualito, Guillermo Guardia con Simón, Franco Salerno con Enrique y Lorena Gontero con Lalo Fuente: LA NACION – Crédito: Rodrigo Néspolo

“La ventriloquia se puede tomar como algo comercial, es decir, preparo una rutina, saco el muñeco para hacer el show y luego lo guardo en una caja o, como en nuestro caso, que sentimos al muñeco como una parte de nosotros, como algo propio”, dice Lembo, que es un comisario retirado y ventrílocuo hace 30 años. Él fundó el
Círculo de Ventrílocuos Argentinos, según él, la única agrupación de ventrílocuos en el mundo: “No conocemos que haya otra, y es por eso que nos escriben desde todas partes del mundo”, agrega.

El oficio aún está iluminado por algunas glorias del pasado, como
Mister Chasman (Ricardo Gamero) y su muñeco, Chirolita. Él fue el máximo referente en la Argentina. Se lo disputaban entre los programas de televisión más exitosos, sobre todo en la década del 80. Falleció en 1999. Desde entonces, eso de darle vida a un muñeco dejó de ocupar un lugar central en los escenarios. Lembo también considera que
Chucky, la película del muñeco maldito estrenada por primera vez en 1988, fue un punto de inflexión para el oficio, que a partir de esa creación hollywoodense los muñecos de madera del tamaño de un niño de 4 años pasaron a tener aura un tanto extraña.


Los muñecos, Lalo, Juanita y Simón Fuente: LA NACION – Crédito: Rodrigo Néspolo

Pascualito lleva puesto un saco blanco, pantalón y zapatos negros. Está sentado en la falda de Lembo con sus ojos celestes abiertos de par en par y la boca roja, siempre sonriente. Este era el muñeco de un ventrílocuo que murió y fue restaurado por el mismo artesano que le hacía los retoques a Chirolita. Lembo lo tiene hace 30 años.

Todos cuentan que la personalidad del muñeco primero nace en el imaginario de cada uno. “Yo a Pascualito le hablaba, incluso antes de conocerlo. Iba en el auto y hacía mi voz, y la suya. En esas charlas pactamos que los dos nos íbamos a aceptar porque la realidad es que nunca nos habíamos visto, aunque su voz y su personalidad ya estaban en mi cabeza. Cuando uno tiene vocación sucede algo que se llama desdoblamiento de personalidad, es como si pensaras con dos cabezas distintas. De hecho, me ha pasado de olvidarme un chiste y él me lo recordó a mí”, explica Lembo.


Miguel Lembo con Pascualito Fuente: LA NACION – Crédito: Rodrigo Néspolo

Además del guion, lo que atrapa, según dicen, pasa por esa cuestión de identificar reacciones de las personas en un objeto inanimado. Además, a través del muñeco se puede hablar con crudeza, con soltura, sin reparar en el vocabulario. “Hablamos con el estómago, sin mover la boca”, dice Guardia, otro de los ventrílocuos presentes. Y en eso radica la cuestión: en hablar sin mover los labios, en decir sin tener que hacerse cargo de las palabras.

“La técnica pasa por la respiración. Yo soy profesor y doy clases personalmente o por Skype. Tengo alumnos en España, Chile, Perú. Otra cosa importante es aprender a declamar, decir frases en distintos tonos. La boca tiene que estar relajada y lo que trabaja es la lengua y mucha de la fuerza uno la hace con el estómago”, explica Lembo.

Lalo es un muñeco mitad niño mitad duende. Es de Lorena Gontero, que además de ser ventrílocua, también es titiritera y maestra jardinera. Dice que Lalo es la mejor versión de ella. “Es que soy gracioso y espontáneo”, dice Lalo, que aunque deje de hablar sigue con atención lo que dice Gontero y el resto de los presentes. Sus ojos apuntan a quien tenga la palabra.


Lorena Gontero y Lalo. Ella, además de ventrílocua, es titiritera y maestra jardinera Fuente: LA NACION – Crédito: Rodrigo Néspolo

“Hay veces que yo tengo una idea y él supera la idea que yo estaba pensando. Tenemos una relación muy especial y no soporto guardarlo. A él lo armé yo, mi idea era contar cuentos y quería algo que represente a la primera infancia. Ahí apareció Lalo en mi cabeza. Lo pensé con un enfoque pedagógico: lo quería independiente, porque en el jardín uno trabaja la independencia, por eso tiene rudas, se puede mover al lado mío pero también se puede quedar solo, de pie. Quería que tenga la apariencia de un niño pero con aspectos fantásticos y una mirada dulce. Lo tengo hace ya 10 años”, cuenta Gontero.

La presencia de estos muñecos en las casas a veces traen ciertas complicaciones. Por ejemplo, el hijo mayor de Gontero, a Lalo no lo puede ni ver: “Cuando mi hijo pasa delante de Lalo me dice que está embrujado, porque cada vez que camina cerca suyo a Lalo se le cae la cabeza, yo le digo que es por la mala energía que él le transmite”.

“Juntos fuimos al Perito Moreno”, dice Simón, el muñeco de Guillermo Guardia, con una voz infantil, recordando aquel viaje sentado en la parte trasera del auto. “Él heredó la ropa de un sobrino mío que tiene la misma edad. Yo soy mago y hace algunos años incluí la rutina del ventrílocuo. A Simón en casa lo dejo parado o sentado. Por suerte nunca lo encontré distinto a como lo había dejado”, dice Guardia, entre risas.

Entre estas personas y personajes está Franco Salerno, de 14 años, que en diciembre recibirá un premio como la revelación del 2019 por el Círculo Argentino de Ventrílocuos. “Fui hace dos años a un bar donde había un ventrílocuo, me encantó y construí mi propio muñeco con una caja de cartón. Hasta que en reyes de este año me regalaron a Enrique. Ya actué en el cumple de mi tío Orlando, en la escuela y en un pequeño teatro”.


Franco Salerno y su muñeco, Enrique Fuente: LA NACION – Crédito: Rodrigo Néspolo

El encuentro tiene lugar en la casa de Lembo. Cada tanto las personas parecen callarse pero las palabras continúan fluyendo a través de las bocas de madera que se abren y se cierran. “Perdón, estamos desvariando”, dice Gontero. Cada muñeco tiene su personalidad y un timbre de voz. Ningún ventrílocuo hace varios personajes con un mismo muñeco. De este modo, arriba del escenario son un objeto que sirve para una sola rutina, pero abajo, una vez que el artista deja la escena, es ahí cuando el muñeco cobra vida y se transforma, para ellos, en un amigo o, al menos, en un interlocutor que siempre estará ahí, rígido y con los ojos abiertos de par en par.

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